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jueves, 24 de noviembre de 2011

El grillo fantasma.

Sin tiempos, en algún lugar del mundo...

El horizonte se pierde en el desierto que contemplo, a demasiados grados de temperatura para ser real. La luz del sol me ataca ferozmente y mis párpados defensores se cierran dejando el paso justo para no quedar en la oscuridad. Pienso que estoy en medio de una jugada mental, una alucinación cuando entre destellos veo a un joven de elegancia impostada que camina entre la arena, ladeando sus caderas señoriales en pleno desierto, con traje y corbata. Caderas que llaman la atención al recordar la silueta de una señora más que la de un caballero.Vestido de traje aparenta la elegancia de un vendedor de enciclopedias, casa por casa. Lo observo con curiosa desconfianza. En nuestro desierto no hay más personas, sólo terreno estéril y es entonces cuando de espaldas a mi rompe a gritar palabras que no logro entender. Grita a la nada, a la inmensidad del desierto, grita como un loco. Afino un poco el oído, intento escucharlo sin que me vea y me acerco sigilosamente, él reclama a gritos el trono de algún reino perdido, o al menos eso me parece escuchar. Este hombre es atemporal, desubicado y desterrado probablemente. Grita como un niño enrabietado y con tonos imperativos exige se le devuelvan los títulos de nobleza no de uno, sino de dos reinos. Ahora estoy confusa, no sé exactamente lo que desea recuperar.

Lo sigo despacio, de lejos para que no note mi presencia y días después de tormentas arenosas y refugios improvisados entramos en un sendero que va poblándose de verdes y marrones otoñales alentadores, no moriremos en el desierto. Escucho grillos y bichos varios en la noche, no los veo pero sé que están ahí, con sus cantares y tareas de insectos metódicos. Luego de cuatro horas de camino llegamos a una ciudad elevada en el monte cuya muralla de piedra sólida custodia  la ciudadela perdida. El hombre se detiene ante la impenetrable puerta de madera, sólida y elevada. En la ciudadela los pobaldores parecen dormir, sólo escucho los gritos del hombre y el ruidillo de los insectos. Sus palabras destilan desesperación, reflejan el cobarde que es realmente, aunque bravucón, persiste en sus reclamos. Se acerca por el sendero un forastero de mediana estatura, al observarlo me sonríe levemente y se me acerca con tranquilidad. Yo, que no lo percibo peligroso me dispongo a oirlo con atención. Se me acerca en la poca claridad que la luna nos puede regalar y me susurra al oído dulcemente:

-De palabra envenenada y de egoísmo ilimitado exige que le abran las puertas, el loco le llamamos, el que nunca tuvo nada que ofrecer y en sus delirios cree ser un príncipe desterrado, vuelve con el mismo cantar incesante cada mes y medio. Cuentan los ancianos que fue juzgado por destruir ilusiones, por mentir impíamente y terminar con la vida de dos mujeres y tres niños...desde entonces sólo nos libramos de su presencia cuando le encaramos el pasado. Su pasado de niño sin padre.-

Asalta mi mente entonces el guión de la película "El espinazo del diablo" y me tomo la licencia de gritarle:
-" Qué soledad, la del príncipe sin reino, la del hombre sin calor. "- y pienso que en su caso la soledad es una elección, la consecuencia de un cúmulo de daños gratuitos. -No hay nada que reclamar.-
El hombre de traje ensombrece hasta casi desaparecer frente a la puerta, diminuto y gris, convertido en grillo...ruidoso pero insignificante a los ojos de los hombres, vencido acaso por la verdad.

"¿Qué es un fantasma?
Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor quizás, algo muerto que parece por momentos vivo aún, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar. Un fantasma, eso soy yo."

Extracto de :"El espinazo del diablo" dirigida por Guillermo del Toro y producida por El Deseo.


Esta entrada, directa, intrusiva y endiablada es para ti, por ese ruido molesto del grillo fantasma que no merece puertas abiertas. Por la complicidad que mantiene los corazones intactos.
Porque en el corazón no hay grillo que valga.

lunes, 15 de agosto de 2011

Caminata de noche. Canción de Cuna.

Algunas formas de vida parecen una enfermedad, del otro lado del cristal todo puede ser diferente.
Esa noche descubrió que la verdad no la tenemos entre todos, ni la tiene nadie... la verdad era sólo el desnudo inesperado de los actos en libertad, un giro en cada paso y se vuelve real cuando ya es pasado, la verdad, era algo de lo que no se podía escapar eternamente.



Lucía, 24 años. En una calle del mundo.

Esa noche decidió caminar. ¿Por qué no?. Hacía 4 meses que por prescripción médica no salía sola, una norma que cumplía estrictamente Olga, la niñera-enfermera que atendía sus necesidades y caprichos durante el día. Una mujer que se acercaba a los cincuenta años, delgada y aparentemente debilucha, almidonadamente correcta, discreta, delicada, perfecta para cuidar un exilio social. Una prisión que llevaba pocos meses, pero que tenía intenciones de extenderse varios más. Olga sólo dejaba un respiro a su mirada de cuidadora cuando Lucía le mostraba el paquete de cigarrillos vacío y casi entraba en una crisis de ansiedad hasta que Olga se ofrecía dudosa de ir corriendo (literalmente) a la esquina de la calle a comprar otro paquete. Lucía nunca se quedaba sin cigarrillos, pero le mostraba la cajetilla vacía, entonces aprovechaba y hacía algunas llamadas.

A pesar del invierno, no era una noche demasiado fría. Olga se había ido hacía horas, a seguir cuidando, esta vez a sus hijos y marido. En casa de Lucía dormían, el reloj marcaba 1:25 am. Lucía rara vez dormía de noche. De día y con muchas pastillas de por medio lograba tres horas seguidas de pesadillas, sueños caóticos que prefería no propiciar, elegía no dormir. Abrió el ventanal de su habitación, se asomó con libertad sacando el cuerpo casi llegando al ombligo y respiró profundo, con fuerza suficiente para sentir el aire húmedo del jardín penetrando y enfriando sus conductos nasales. Cerró los ojos y repitió el ejercicio. Se iba aclimatando. Luego salió de la habitación.
Comprobó el sueño profundo de sus padres, sus hermanos se manifestaban roncando así que fue suficiente con acercarse a las puertas de sus habitaciones. Comprobó también la cantidad de cigarrilos que tenía, contó minuciosa: los de la mesa de noche, los del escritorio, los escondidos en la estantería y los que metía dentro de un muñeco de peluche horrible al que rompió la costura del cuello para esconder cosas dentro de su blando cuerpo de oso feo. Tenía suficientes cigarrillos, cogió su jersey favorito y un sombrerito oscuro, salió con un ensayado cierre de puerta poco audible.

La calle, un barrio residencial,  estaba lleno de jardínes y calles desiertas, iluminadas con poca justicia. Caminó rápidamente hacia la esquina derecha, no sabía por qué pero se tapaba con el cuello del jersey hasta la nariz, sin dejarse ver.  Era un camino conocido, silencioso por lo solitario y sin tránsito de coches ni avenidas insolentes, un camino que dejara pensar sin estar atenta a nada más. La acera se adhería a sus zapatillas una talla más grande que la que necesitaba, era una sensación nueva. El parquet de casa me deja deslizar, la acera rugosa me retiene a cada paso, parece seguro, no me caeré, pensaba. Con cada expiración dejaba salir un poco del aire viciado, ese que sentía en el pecho, tanto tiempo contenido y encerrado, lleno de sustancias químicas indeseables.

Había esperado distraerse de múltiples formas antes de llegar a este punto, pero no había película, canción, o libro que detuviera más tiempo sus pasos, la situación, su sin razón, el maldito vacío, ya había llegado el invierno. Cuando Lucía se negaba a hablar, comer, dormir, y etc era por falta de interés, estaba como decían todos "en su mundo" y la solución era sencilla, siempre estaba alguien de su familia contestando, saludando, respondiendo, decidiendo, en fin, viviendo por ella. Tal vez se había desacostumbrado a vivir.
Esa noche algo diferente pasó, no dejó de sentir que cada paso significaba acercarse al fin, encendió el cuarto cigarrillo, siguió con el paso apesadumbrado que llevaba, pausado, sereno, mirando al suelo, observó su propia sombra. estaba muy delgada y desgarbada, con la ropa ondulante sobre su cuerpo lánguido.No hay mucha diferencia entre mi sombra y yo, pensó. Lucía no busca, ahora se siente la presa, huye hasta de la gente, del ruido, de la compañía innecesaria, de Olga, de su familia y nunca contesta las llamadas, mucho menos las devuelve. Hace crucigramas para olvidar pero nunca los termina, antes de acabar se aburre y se pierde en imágenes instantáneas, una presentación de diapositivas desafortunadas. La fuerza que queda la canaliza al olvido de lo absurdo, "imágenes, símbolos, no personas, no las veas como personas, sino como representaciones que afectan tu estado de ánimo..." le dice su terapeuta, por tu bien. Pero todo esto parece sólo funcionar como un refuerzo del dique, el dique que ya no aguanta más y se deja oír en crujidos de maderas debilitadas, a punto de quebrarse por completo. A pesar de todas las comodidades y excentricidades de las que disfruta, licencias de la locura, las ganancias secundarias de la enfermedad... escuchaba decir.

Cuando media hora después finalmente llega a la casa siente en la espalda la duda gestada en meses, palpitaciones a galope. Breton No 17, se acerca sigilosa a la casa. Salta la reja que custodia el jardín con una facilidad inesperada, y queda agazapada al borde de la ventana, prueba empañar un poco el cristal, en una esquina discreta, sólo por su espíritu lúdico. Conoce bien la distribución y los movimietos del salón que se dejan ver en alta definición por las ventanas que dan al jardín. La lamparita de luz amarilla de la mesa auxiliar está encendida. Al lado de ella un cenizero de crital macizo, lleno de colillas aún desprendiendo humo. Escucha y reconoce un vinilo de Louis Armstrong, respiró profundo, cerró los ojos suavemente y se sintió feliz nuevamente, al menos lo que duró media canción, hasta que empañó, esta vez sin intención, el cristal de la ventana y se hizo consciente lo diferente que es todo del otro lado del cristal. Abrió los ojos, sólo un poco, para ver a Javier, sonriente y tranquilo, brindar con vino tinto, seguro seco, el más seco que encuentre, pensó. Mirando con ternura a su novia. 

Los acontecimientos de esa noche sin testigos llevaron a Lucía a un mayor encierro, uno más profundo y menos doloroso. En la sala común del sanatorio rara vez se le encontraba, no se relacionaba con las demás. Su familia la visitaba semanalmente y le llevaba cosas innecesarias. Olga tuvo la sensibilidad de acercarle sus libros, películas y discos favoritos (o los que ella imaginaba como favoritos por haberlos visto ser escogidos por Lucía demasiadas veces, incluso a veces una sola canción en repetición todo el día) pero sólo logró un amago de sonrisa que más bien era una mueca de gratitud. Había que convencerla de salir de la habitación, a veces cogida por ambos brazos, se dejaba llevar sin resistencia, suavemente, mientras cerraba los ojos, sintiéndose feliz, escuchando repetidamente en su mente "What A Wonderful World"...


sábado, 13 de agosto de 2011

Olvido fugitivo, recuerdo impertinente.

Tenemos tantas formas de morir, yo en una época elegí morir por ti.

Lima, hace muchos años.

Semejante a tu retrato incrustado en la pared, así te imagino aún, así te recuerdo. Tatuando en el salón los besos que a veces son míos, entre paredes claras y ventanales abiertos de cortinas recogidas, flameantes y caóticas por el viento fresco de septiembre, aún así el salón es una visión borrosa por el humo de dos fumadoras en un jueves cualquiera. Sobre la mesa de centro de cristal oscuro dos vasos con zumo de melocotón pretendiendo disimular nuestra noche de alcohol. Seguimos riendo tontamente como se hace a las 3am. y nos servimos un shot de vodka puro, amargo, más bien dos.
Estás acostumbrada a dormir luego de beber de mi, reposada, con un pijama de algondón gris. Respirando tranquila y al compás de las horas te quedas dormida en mi cama. Pero esa noche me pediste antes de dormir, me exigiste: no me sueltes nunca. Yo te abracé a mi pecho, y pasé el resto de la noche sin conciliar el sueño hasta ver amanecer por la ventana de la habitación, con el eco de tu voz resonando y rebotando circular, con la clara sensación de que con esa petición te perdía. Cuando llega el amanecer las plantas del jardín desprenden sus aromas de colores verdes y alguna rosa pastel saluda orgullosa, con la cabeza en alto.
Te encuentro distante y ya no intento descifrarte, como esa mañana, sólo espero que vuelvas a mirarme con ternura. Tu dureza dobla mis días, pero esa noche te llevaste todas las anteriores, tu rostro empapado de miedo me mató... y nada más. No tuve más explicación, sólo salí corriendo antes de sentir sangrar mis oídos con tus palabras, o peor aún, tu silencio.
Me mataste aquella noche y pasé a ser sombra. Un fantasma impío, de sangre densa y gris.
Entonces decidí seguir tus pasos lejanos, intento pasar a tu lado, acelerar y dejarte atrás pero siempre te adelantas a mi andar y vuelvo a ser la espectadora de tu espalda caprichosa, de tu itinerario errante.

Pasados los años vuelves encanto, cada cierto tiempo lo haces, vuelves a prenderte de mi, a hacerme feliz y a caminar conmigo sin dejar de parecer mi propia piel. En unos días volverá tu rostro pintado de dudas y silencios. Me dirás "adiós" como al cartero y yo me iré con todas las cartas que te he escrito en estos escasos días de amor.
¿Por qué vuelves hoy a verme morir?, trato de separarte del dolor, pero lo arrastras a mi como una visión húmeda, de risas, de lágrimas, de besos y despedidas. Y yo me quedo una vez más sin saber vivir, con las preguntas incisivas ¿qué futuro se asoma si todo está encerrado en ti? .Sigo caminando por las calles llenas de niebla, alrededor de tu edificio y mirando de reojo la ventana por la que nunca te asomas, casi nunca estás en casa y la larga avenida me obliga a girar el cuello de forma extrema para no despegar la vista de tu ventana, por si al perder la paciencia te asomas y yo me lo pierdo. No apareces en años y yo sigo caminando, sin rumbo alguno, el cielo de Lima gris ha bajado a posarse en el suelo, ahora veo en grises y no colores, sin ti.
Tus demenciales encantos inundan mis razones, enciendo otro cigarrillo como si eso me diera más claridad pero te sigo pensando etérea como el alba, aún así capaz de inspirarme un profundo dolor.
Llegaste a dormirme del mundo, y la vida seguía sin mi, todos lo notaron, anotaron mis ausencias.
No hay lugar donde no te encuentre, y ya no intento soñar. Asumo tristemente que vas a seguirme en cada pliegue, cada piel que pueda besar, en cada una de sus respiraciones y en sus lágrimas por mi te encuentro, impertinente y risueña.
Esta mañana quieres matarme una vez más pero algo de ti no puede seguir viviendo hoy. Desperté.
La idea de dejarte una vez más duele y teme, otra vez...así sea una necesaria desición para volver a vivir.
Esta muerte no es más que mi camino hacia ti, yo no lo he notado y vuelvo galante a la vida, orgullosa de olvidarte. Amo y me dejo amar, trato de no imaginarte, recorro largos caminos, cruzo fronteras y te llevo de ciudad en ciudad sin sentir el peso, inocente.

Al pasar de los años vuelves encanto,  anuncias pasos vencidos, arañas mi puerta...
y yo, autodestructiva, natural,
una vez más... te dejo pasar.

Detenida

Las risas, los besos y sus silencios en el mar, como una pintura que se derrama en la pared. Otro tiempo de oscura nocturnidad y algún cigarrillo que acompañe los escritos. Es una noche rebelde con contracturas musculares. Dolor.

Vamos hacia nuestro próximo tiempo, jamás pensando en dejar lo que nos espera, vivir lo posible y creer en lo imposible. Cada amanecer cambiando de marea, arrastrando la única ruta hacia nuestros propios miedos.

Los gestos, su corazón, su sonrisa clara…tatuajes en mi alma que no me permiten huir,
Al corazón de mi pecho he visto partir en un siniestro aeropuerto, muy dentro del equipaje de mano, 
se ha llevado nuestros códigos, ha vuelto a asaltar mi mente esta noche, y siempre me exprime no tenerle en todos los tiempos, desfasados por horario, eternizados en deseo, me ciego ante el lado vacío de su abrazo.

Los labios que me hablan de lo que cree y siente, los mismos matan razones sin besar los míos

El tiempo pasa sin consultar, y pasa en su ausencia. Me rasga la piel. Ráfagas de sangre derraman luminosas pinceladas de vida a mi gris.

La sensibilidad es la epidemia de mi época gélida, siempre a punto de estallar.
Nos venden métodos escapistas e imágenes deformadas, la distancia pretende que huyamos del presente, exige dejar el pasado y renunciar al futuro. Frío.

Relojes cada uno al compás del capricho para ir creando representaciones de una realidad, una verdad.

Siempre existe mucho que hacer, siempre mucho que sentir ya que hasta hoy, sus defectos son deliciosamente soportables.

Así también se siente el alma a la distancia, encargada de recopilarte en el tiempo, empapando de personalidad el sentimiento.
De lo contrario…estas líneas serían también entre tanto, imposibles.

lunes, 8 de agosto de 2011

El mono frustro.

1. Antecedentes.

Tuve durante mis primeros 20 años de vida varias clases de mascotas:
Las plantas de casa antes de la llegada de mi primer perro eran mis mascotas. Tengo que reconocerlo. Las alimentaba, lo cual incluía regarlas, darles vitaminas y café en la tierra porque mi madre decía que eso les hacía bien (no tengo ni idea si eso es cierto pero sobrevivieron y fueron hermosas). Las limpiaba, removía la tierra de cada maceta, pasaba paños húmedos por las hojas para refrescarlas y verlas brillar, luminosas. Les hablaba como si fueran perritos o perritos-planta.

Luego llegaron los perros. Perros de varias razas, entrañables compañeros que han despertado en mi profunda ternura, actualmente tengo una y sigue siendo un intercambio de amor desinteresado y compromiso constante.
Peces: clasificados y en varias peceras, toda una fan. A pesar de la cantidad de comentarios (sobretodo de mi madre) acerca de que los peces "traen mala suerte". Leyendas Urbanas.
Tortugas de tierra, torgutas de agua, grandes y pequeñas, de acuario y de jardín.
 En la casa de Iquitos (selva peruana), a los 6 años de edad, se añadieron a solicitud en insitencia mía muchos pollos y ocasionalmente serpientes intrusas que entraban entre los árboles y plantas innumerables del jardín. Yo, en mi delirio por las mascotas me permitía fantasear con que eran parte mi zoo personal hasta que las mataba o se las llevaba lejos el amable señor vigilante de la seguridad de casa. Siempre preferí pensar que las apartaba y luego las soltaba en medio los matorrales y árboles.

2. En Iquitos vamos un domingo al zoológico "Quistococha". Hay animales sueltos alrededor de los visitantes, yo tengo 6 años y me parece genial. Algunos monos (que medían la mitad que yo) se me acercan juguetones. Yo voy comiendo una bolsa de patatas fritas y le ofresco una a los monos. Uno de ellos me sigue, encantador. Yo le sigo dando patatas. Seguimos comiendo juntos patatas a gran velocidad. Se me acaba las patatas. El mono se pone histérico. Grita, se avalanza contra mi, sigue gritando, yo estoy segura de que piensa que no le quiero dar más patatas y que no es consciente de que se me acabaron. Se lo trato de explicar, el mono viene directo hacia mi, gritando, fuera de control. Termino corriendo en círculos alrededor de una pequeña pileta de piedra gritándole al mono repetidamente: "ya no tengo nada!!". Me paso un susto mortal y la gente se ríe de mi.

3.Una mañana tropical en la casa de Iquitos mi padre recibe a un amigo de visita. El amigo trae un mono en su chaqueta. Es muy pequeño, raza "titi". Como es de suponer lo deseo más que a nada en el mundo. Me las arreglo con un histrionismo propio de mis seis años para que mi padre pague una suma exagerada por el mono. El mono se queda en casa, en mi cabeza literalmente. Soy muy feliz porque tengo un mono, no me separo de él en toda la tarde, lo quiero más que a nada. Por la noche mi madre me prohibe que el mono duerma en mi habitación, le prepara una caja cómoda en la cocina y lo deja ahí. Me despierto en la madrugada con una tormenta bárbara, común en la selva. No hace frío, pero pienso que el mono tiene frío, voy a la cocina e intento proteger la caja del viento tormentoso, con una bolsa de plástico.
La mañana siguiente mi madre me cuenta que el mono escapó por la ventana y que estará en los árboles lejanos jugando con sus amigos monos. Me siento triste pero no puedo evitar sonreir pensando en todos los monos jugando juntos.
Con 19 años mi madre me dice la verdad, el mono murió por la bolsa plástica. No quiero ni pensar ni describirlo, me quedé triste de por vida.

4.Lima. Salgo con un amigo de la escuela naval. Es amable y carismático. Salimos de vez en cuando. Yo tenía 17 años. Un 31 de diciembre antes de irnos de fiesta aparece en mi casa con un mono. De aproximadamente 30 centímetros, lindo, gracioso, juguetón e hiperactivo. El mono perfecto. Me olvido de mi amigo marino. Juego con el mono hasta la hora de la fiesta, no deja de sorprenderme el parecido que tienen con nuestra especie. Cierro las ventanas y las puertas, me aseguro de que el mono no pueda escapar de la casa. Me voy a la fiesta. Mi madre no está y no sé cómo avisarle, pero me parece simple y lo resuelvo, dejo a mi madre una nota diciendo: " vengo temprano, cuídame el mono". Vuelvo de la fiesta, no hay cortinas sino hilachas desgarradas por todo el salón. No hay mantel. No hay cristalería sobre ninguna superficie. El sofá principal tiene claros signos de arañazos desgarradores también. Mi madre me dice cosas irrepetibles y muy justas. No me quedo con el mono.

5. Madrid, con 31 años. Aún quiero un mono. Mayte dice: "ni de coña".

martes, 2 de agosto de 2011

"The Lady in Red"

ROJO: corte y sutura, rojo sangre y amante, rojo cordón umbilical, rojo en tus mejillas, rojo... tu vestido.


"I've never seen you looking so lovely as you did tonight. I've never seen you shine so bright..."

San Isidro, Lima. Una noche de verano del 2004.


En una cola caótica con Adela, compañera de desaciertos y pequeñas aventuras en la acera del centro cultural PUCP (Pontificia Universidad católica del Perú), esperando entrar al concierto de "Silvio a la carta". Un grupo en homenaje a la música del gran Silvio, canciones escogidas con inteligencia y versionadas con talento. La calle bonita y ruidosa por el tráfico de esas horas es un extraño equilibrio de actitud bohemia-intelectual con la Lima acústicamente contaminada por la que circulamos. Adela espera con cierta emoción. "Al fin voy a conocer a tu novia, al fin, al fin..." dando saltitos de niña juguetona a punto de recibir un helado. Bueno,no es para tanto, pienso yo, (rancia). Y ya en actitud negativa sigo pensando, "esta noche voy a conocer a tu ex novia, que ya de lejos me cae mal y entre las tres (Adela, su ex y mi novia) es posible que logren que el concierto sea menos bueno que si hubiera venido sola." (Rancia mal).
Recuerdo el jaleo, los múltiples intentos frustros de comunicarnos con ellas por celular, pero pasa una combi, pasan 3, los coches se gritan entre sí, cada uno con su claxon y conductor (cada coche grita como puede, usando todos sus recursos). De esta avenida no sale nadie, y mi voz por el celular menos, pienso con cierto aburrimiento.
Al fin entre el tumulto y el desorden pacífico de la cola (entendamos que los individuos que acuden a un concierto de Silvio a la carta son más bien tranquilos, y si se violentan en la intimidad de sus días no suele ser durante o previo al concierto) pude reconocer una figura felina, negruzca que se trataba de esconder tras una melena lisa y sedosa, cual comercial de Pantene. Era Diego Bertie (actor peruano concocido en teatro y culebrones de los 90) que salía tratando de firmar lo menos posible en lo que autógrafos se refiere, como si con esa ropa de cuero pegadito no resaltara lo suficiente. Ja!
Dentro del bullicio Adela intentaba decirme con gestos, gritos, saltos y ya finalmente con un dedo indicando coordenadas exactas, que había visto a una chica guapísima. La vi, despistada, de melena indomable, traía un vestido rojo perfecto, simplemente perfecto. Recuerdo sus ojos tímidos y su sonrisa de un blanco luminoso y cautivador, pensando quién sabe qué (y nunca lo sabré). Así te vi, de pronto tu mirada y sonrisa apuntaban a un solo objetivo, una mueca cómplice y los pasos cortos que corrieron hacia mi. Me besaste, y te prendiste de mi mano con naturalidad, yo mientras tanto seguía sin entender y quise preguntarte ¿de verdad estás conmigo?, ¿es cierto que son los dioses tan generosos esta noche?. Lovely darling, lovely...
Luego son pocos los recuerdos de esa noche, recuerdo un concierto emotivo, encantador. El whisky con hielo en casa luego del concierto y tú, aún con tu vestido rojo, preparando tequeños rellenos de queso para la madrugada de conversaciones. Sentada a mi lado, soportando la verborrea de las madrugadas interminables en la sala de sofás grises donde vivíamos.
Aún ahora, a la distancia, puedo sacarte el rojo de las mejillas con un recuerdo impertinente, narrado con respeto a nuestros tiempos, con ingenio para robarte una sonrisa que no veo.

Gracias a ti por tus rojos, todos, los buenos y los malos, por tu sonrisa, aunque no la veo, sé que sigue siendo una sonrisa cómplice a través de los años.

"...I never will forget the way you look tonight..."

martes, 26 de julio de 2011

El patio empedrado.

Belgrado- Serbia.
2009, invierno.

Me despierta el viento frío en la cara.  Raramente seco, en el patio de casa. Creo que me dormí mientras pensaba en arreglar la ventana.  Es una bisagra que perdió algún tornillo y ahora tambalea con el viento. Estoy cansado, hace tiempo ya, pero mantengo la costumbre de arreglar los pequeños desperfectos que la casa va presentando. Hemos envejecido juntos, afrontamos el paso del tiempo y su desgaste natural con mis manos artríticas de 86 años. Sé que lo puedo hacer, lento pero cariñosamente resano las paredes, cubro las grietas  y aseguro alguna viga. La pintura aguanta, aguanta un poco más aún.
Me siento en el banco de metal oxidado y corroído, sé que nada puede con él. El es más fuerte que yo. Lo supe desde aquel abril del 41, luego del bombardeo. Aquel día sólo el banco resistió. Yo lo perdí todo, todo lo que un hombre puede perder, y así pudo conmigo también, pero el banco resistió. Mi familia se … no, no lograron salir, yo no pude hacer nada y los pocos recuerdos que tengo de aquel día se tiñen de rojo, atropellan mis pensamientos con estruendos y explosiones, polvo gris, gritos  y charcos de vida derramada.  Aquí en este banco sobreviviente me sentaba con ella, a ver el atardecer.  Con una taza de té en invierno, nos gustaba que la lluvia nos repliegue a casa, así supiéramos que llovería nos quedábamos juntos desafiando el mal tiempo, charlando, ella me hacía reír mucho, mucho más de lo que yo acostumbro.  Me gustaba ver sus ojos abiertos no del todo por los rayos de luz atacando sus pupilas. Tuvo una mirada inteligente siempre, más aún cuando se perdía en el empedrado patio gris, sentada en el banco, a mi lado.
Veo las dos casas vecinas, también con techo a dos aguas. Blanco roto o blanco gris, siempre tuvimos esa discusión tonta. Mi casa es de una sola planta, las ventanas de madera, amplias de marco blanco, iluminan el salón principal. La puerta es una ventana que creció y nos da paso, siempre acompañada de un pequeño farol de luz amarillenta, como la que no recomiendan.
A mi me sigue pareciendo romántico sentarme en el banco que ha sobrevivido. A  perder la mirada en el suelo de piedra, piedras que coloqué una a una después de los 50, otra vez, cuando me propuse que tuviera el mismo aspecto, como a ella le hubiera gustado.
Las palomas no pierden el tiempo y juguetean entre las migas que les dejo y los charcos de lluvia, son escurridizas pero han aprendido a no temer a este viejo observador. Esta vez se mueven menos, como si yo no estuviera viéndolas, no sé la hora, pero ha anochecido y el viento es extrañamente seco. Las palomas ni se inmutan. Un momento... me embriaga la emoción de volverte a ver, he notado esta tarde que el banco ha sobrevivido a mí, que la bisagra quedará inestable. Acabo de morir.

sábado, 23 de julio de 2011

FRIJOLES Y PESCADO FRITO

La idealización del médico en la sociedad ha forjado un compendio de leyendas urbanas tan falsas como antiguas. Aclaro: no somos infalibles, no estamos siempre de buen humor, no llevamos todos un estilo de vida ejemplar (con tantas guardias y estrés eso está descartado), algunos nos drogamos como todos: café, alcohol, tabaco, medicamentos autoprescritos, red bull y etc. (dependiendo del gusto). La mayoría tenemos vocación de servicio, aún así no todos la tienen las 24 horas del día. Estudiamos mucho pero no lo sabemos todo y lo principal NO SOMOS HOUSE ok?.

Lima. Algún Hospital del MINSA. (ministerio de Salud).
Rotación de internos en el servicio de Cirugía.  (Del lat. chirurgĭa, y este del gr. χειρουργία).
Cirugía: Parte de la medicina que tiene por objeto curar las enfermedades por medio de operación.
(o empeorarlas como puede pasar en cualquier práctica médica).

Francisco es un hombre humilde, de unos 58 años, mulato, flaco en exceso por la enfermedad, amable y respetuoso. Su mirada ensombrecida reflejaba tristeza y resignación crónica. De pocas palabras, confiaba en nosotros, ¿qué le quedaba?...
Francisco llevaba hospitalizado 3 meses en el servicio de cirugía por el que en esos tiempos pasamos una agradable estancia académica. Había sufrido hacía unos pocos años un accicente automovilístico y requerido cirugía abdominal para las lesiones producto del accidente. Los años siguientes fue ingresado constantemente con el mismo enigma sin resolver. Los internistas y cirujanos que veían repetidamente su caso no se explicaban las espontáneas perforaciones intestinales y consecuentes peritonitis por las que entraba y salía del servicio de cirugía, que se había convertido ya, en su segunda vivienda.

No podía ingerir nada. No comía hacía dos meses. Le alimentábamos insípidamente por las venas, con cálculos y fórmulas matemáticas sin sabor alguno. Nadie lo visitaba. Cuando alguna vez me quedé con él a charlar no me preguntaba nada, sólo se veía consumido cada vez más y si yo le preguntaba algo con lo que soñar decía escuetamente: "...sólo quisiera comerme un buen plato de frijoles con arroz y pescado frito...", era el único momento en que su mirada cambiaba y cierto brillo discreto asomaba por sus pupilas cansadas. Incluso atisbaba un intento de sonrisa, más bien una mueca que yo interpretaba como positiva. 

Los cirujanos no se atrevían a operarlo nuevamente, nos contaban que al entrar a la cavidad abdominal las paredes intestinales se deshacían como papel higiénico mojado al menor contacto, era por eso que alimentarlo por vía oral no era una opción. Estaba muy débil a pesar de la sangre que se le había transfundido y era peligroso entrar a sala de operaciones, con altas probabilidades de no salir de ella.
Se barajaban opciones diagnósticas, pocas y raras, no muy conocidas y nada frecuentes en latinoamérica.
Pasadas varias semanas, y como última opción, nos enfrentamos a la cirujana más bruja del servicio. Una mujer que pasaba los cincuenta, rubia mal teñida, de muy mal gusto para vestir y de un carácter avinagrado por excelencia, no lo sé pero juraría que era soltera. Como suele pasar, sin embargo, fue una de las personas de la que más aprendimos, la exigencia y lo castrense a nivel quirúrgico resulta, es ahora en retrospectiva que lo puedo ver con claridad.
Le comenté el caso (y ella por supuesto respondió que lo conocía mejor que yo), le pedí su opinión acerca de una nueva intervención, retirar un trozo importante del intestino más dañado y probar si con el tiempo el resto se fortalecía. Era una opción para mi. Era una locura para ella. Sabía de sobra que eran muchos más los riesgos que lo escasamente bien que podía quedar Francisco. Pero era su única oportunidad. Creo que antes de mandarme a la mierda, respiró profundo, me miró fijamente por largo rato (yo pensé que me iba a golpear o algo así de surrealista). Sólo dijo en tono severo: "Está bien. Entramos a sala en una semana.". Se fue sin mirarme, seguro que pensando en que no había una interna más pesada y más tonta que yo.
La semana siguiente fue un cúmulo de vértigos emocionales y entusiasmos mermados por las pocas posibilidades. Recuerdo que nunca estuve en una sala de operaciones tan concurrida, seguro que ni cuando filman E.R. hay tanta gente en la sala. Cuatro cirujanos, tres residentes, dos internos, dos externas, enfermeras, asistentes, anestesiólogo y jefe de servicio. Todos juntos vimos sus entrañas y nos sentimos pequeños. La Cirujana bruja nos odió más que nunca ese día, pero que buena era con las manos la cabrona. No habló durante las 7 horas que duró la cirugía. Salimos extenuados sólo de estar ahí.
Francisco pasó a recuperación y en pocos días estaba nuevamente en el servicio. Más débil, más flaco, y menos comunicativo. Tuvo una evolución lentamente favorable, pero favorable que era lo increíble.
A las pocas semanas me tocó pasar a pediatría, a otro hospital, no supe más de Francisco en 3 semanas hasta que recibí una llamada al móvil. Era una entrañable externa que recuerdo con especial afecto, (aún permanecía en cirugía ya que no le tocaba rotar de servicio hasta el mes siguiente), una chica que cumplía todas y cada una de las definiciones de nerd, escencialmente estudiosa, inocente como pocas y de un corazón excepcional. Su habitual parsimonia y tono formal no ocultó la euforia de su llamada, me dijo (y lo recuerdo literalmente) : "Le hemos dado el alta a Francisco, ya puede comer, ha subido dos kilos, se va hoy. Quería que lo supieras.".

No, no somos perfectos ni aspiramos a ello. Los médicos somos gente más que normal, llenos de defectos y deformaciones profesionales, las exigencias de nuestra profesión nos hacen renegar mucho en ocasiones, pero puedo jurar que la sonrisa que me sacó esa llamada lo vale todo y más.



A Francisco, donde quiera que esté, porque siempre le deberé un buen plato de frijoles con arroz y pescado frito.

jueves, 21 de julio de 2011

Silencio.

Luis, 21 años- El barrio del Pilar, al norte de Madrid.

Elevados edificios cantan forzosa modernidad, calles caprichosas e indignadas se resginan a ser atravesadas por alguna autopista de gran velocidad. Caminantes con miradas fijas, mp3-4-5, laptop, blackberry, tablet, ebook, ipod, iphone, ipad... ay!!!. Todos conectados, contradictoriamente nadie conecta con nadie que no se encuentre a su vez sumergido en algún avance tecnológico portátil. Bien, así andamos, nos guste más o menos.

Luis camina entre las habitaciones del piso de 80 metros cuadrados en donde vive aún con sus padres. Padres que no están. Padres que trabajan automatizados por el mundo de las hipotecas, las cuentas, y el sistema en el que se han acoplado sin preguntarse por otra forma de vida. (como hacemos la mayoría).
Luis es tecnófobo, mal poco común a su edad y en estos tiempos. Camina sin descanso por los 80 metros cuadrados sin soltar el sobre de los análisis que recogió en la consulta del médico esta mañana. Ha pensado innumerables veces a quién y cómo contar el giro inesperado que su vida (ahora pronosticada como corta), ha dado esta mañana. Luis es un chico intuitivo, pero esto lo ha tomado por sorpresa, nadie imagina un desenlace de vida con 21 años y con el curso que el médico, delicadamente, le explicó aquella mañana.

No se conecta a facebook, twitter, tuenti, Hi5, hotmail ni xmail alguno. Es tecnófobo. Prefiere mirar a los ojos y escuchar la voz de sus interlocutores, olerlos levemente, percibir su lenguaje corporal y se ha revelado contra la revolución tecnológica. Es un derecho que no le pueden quitar. La vida sin embargo, ha dejado de ser un derecho para él. El teléfono de casa no funciona. Así que sale decidido a tocar la puerta de algún compañero de clase, amigo entrañable o lo más parecido a una persona de confianza. Pierde la esperanza de lograr hablar con alguien en la cuarta llamada a las puertas, sin respuesta. Se desepera, pero no llora. Agobiado por las ideas toma la desición que hasta el momento le parece la más importante de su vida. Morirá rápida y silenciosamente, apartado, sin decirle a nadie nada, sin hacer parte de su drama a ningún ser. Decide que es el mejor regalo que puede hacerle a los que quiere, a los que respeta, a los que sufrirían con él, sin que eso cambie el final. Antes sin embargo, dejará una huella en el mundo, compartirá con el primer extraño que le inspire algo de confianza su secreto. Mientras tanto desde un elevado paso peatonal intenta seguir la trayectoria de los coches que bajo sus pies llegan tarde... quién sabe a dónde porque todos van muy de prisa. Le parece más divertido desde los puentes o pasos elevados pisarlos como cucarachas, calculando el momento en el que pasan por debajo de sus pies y hace el gesto de aplastarlos sin piedad, pero el vértigo que sufre, una cosa nueva que añadir, le arrebata la breve satisfacción en pocos segundos.

Dispuesto y muy decidido toma un bus de largo recorrido, no saluda al conductor. Es verano y los buses están congelados de aire acondiconado, congelado como él se imagina en poco tiempo, avanza buscando un rostro, una mirada, un perfume discreto que asome algo de calor, de humanidad. Rápidamente nota que no compartirá con nadie su secreto.
En los buses, metros, trenes y demás medios de transporte público los seres humanos solemos buscar el asiento sin compañero/a al lado. Buscamos soledad, mirar por la ventanilla o mirar al resto pero no al lado de nadie desconocido, no hacemos amigos frecuentemente en los buses. Nos escondemos, agazapados en nuestros pensamientos y mejor que no nos interrumpan.

El ser humano, una especie autodestructiva, impía, y contradictoria del reino animal se describe como social. Sí, el ser humano es social por naturaleza, pero que solos estamos.

miércoles, 20 de julio de 2011

Diarios de Bicicleta.

Arturo, 12años. Lima-Perú.

Magdalena del Mar es un distrito afortunado, o afortunados son sus habitantes y visitantes esporádicos. Las corrientes de viento fresco anuncian la cercanía costera. Los parques han encontrado lugares extensos y rincones entrañables para sus generosos árboles antiguos, de raíces profundas que dan forma a estupendos respaldos sobre una alfombra de césped mullida, que por si fuera poco, regalan una templada sombra.
Las casas, en la mayoría construcciones antiguas y encantadoras de 1 a 3 plantas están dispuestas en calles que suelen desprender una tranquilidad que es de agradecer.
Es un distrito con las características necesarias para los buenos recuerdos. Un buen lugar para vivir.

Se insinuaba el verano Limeño en Magdalena a través de las cornetas de helados Donofrio en sus carretillas amarillas, con dibujado sol sonriente custodiando la caja helada llena de tesoros infantiles y el correspondiente heladero sudando sin parar entre el pedaleo y la corneta, esperando alguna señal para acercarse (siempre pensé que ser heladero está muy mal valorado: es esforzado, seguro que no ganas nada bien y encima tienes que contener las ganas de comerte los helados que llevas... todo eso junto no puede ser bueno).

Las vacaciones escolares han llegado. Arturo, que vive en un distrito menos cálido y alejado de la costa, ha convencido a su padre para lograr un día perfecto. Su padre lo llevaría a él y a su nueva bicicleta a la casa de una amiga en Magdalena, y así pedalear toda la tarde al lado de la rubia del colegio más parecida a una Barbie, aunque nunca se preguntó qué tan parecido era él a Ken.

Ya dispuestos todos, porque finalmente barbie invitó a sus amigas no tan rubias también a la tarde de bicicletas, (como podrán suponer, la tarde iba siendo menos perfecta), finalmente partieron.
Esta libertad vespertina estaba limitada a un gran parque frente a la casa de Barbie, como era lógico, por los 12 años que tenían y desde donde su madre (también muy rubia) lograra verlos desde la ventana.

Al partir para dar la primera vuelta al elíptico parque Barbie y compañía gritaban a Arturo que las siga y se de prisa. Arturo no había partido aún. Arturo no sabía montar en bicicleta.

Su bicicleta nueva era la primera sin ruedas pequeñas en la parte posterior, pero creía en su instinto. Aprovechando que Barbie y compañía se encontraban sorteando una curva con poca visibilidad hacia el punto de partida (gracias nuevamente a los frondosos árboles de Magdalena) se dio propulsión con el brazo derecho desde una rugosa pared e inció la aventura del equilibrio inestable, serpenteó un rato sintiendo la inminente caída pero salvó el momento imprimiendo velocidad, pedaleando más fuerte y finalmente tomó el control.
Su instinto no falló. Alcanzó y superó a Barbie, hizo bromas y las dejó algo atrás con una impostada seguridad y sonrisa de ganador.

La tarde perfecta parecía volver a su cauce. Fue entonces cuando el sol dándole directo a los ojos no le dejó distinguir al intrépido conductor de una bicicleta de montaña, más alta y más veloz que cualquiera de las que había visto. Un muchacho de unos 14 años, alto, atlético, veloz, sonriente, bien vestido y rubio.
Por supuesto era guapo. Por supuesto, era Ken.

El buen instinto se pierde cuando la pasión nos desborda. Fue la pasión quién incitó a Arturo a seguirle, perseguirle, intentar alcazarle y hacerlo morder el polvo de sus ruedas. Ken debía quedar atrás.
Era arriesgado pero no tuvo opción cuando vio a Ken dar una curva a velocidad con los brazos cruzados y el volante mágicamente guiado por los espíritus de Mattel.

La voluntad es una fuerza que, incentivada por una mujer (a cualquier edad) te lleva a donde nunca pensaste.
Arturo lo intentó como un atleta de olimpiadas, ya dominaba la elíptica y las velocidades, ahora tocaba ir por la medalla de oro. No es esta la típica historia de: "muchacho del montón no puede superar a Ken". Arturo lo alcanzó y ciertamente lo dejó atrás, cegado por su pasión traicionera y haciendo más ejercicio que en todas las clases acumuladas de educación física, con mucho esfuerzo, sudor y orgullo.

Ya había dejado bastante atrás a Ken y decidió girar la cabeza para sonreirle a su enemigo declarado, a dedicarle un gesto burlón y arrogante, la estocada final de ganador, cuando la mal calculada distancia hacia la pared (la que inicialmente le sirvió para tomar impulso) le cobró peaje. Se estrelló contra ella arrastrando su brazo derecho sin poder evitarlo por la rugosa pared (porque sí, era rugosa y mucho), se iba dejando la piel literalmente mientras iba cayendo de forma acrobáticamente dramática entre matorrales, acera, pared rugosa y caras de Barbie sin reacción, ya que se habían detenido todas a conversar y conocer a Ken. El guapo Ken.

Cuatro puntos en el brazo derecho, una capa de pintura a la bicicleta nueva, las plantas del parque con el tiempo recuperaron su forma. Casi todo tenía solución. Nadie se enteró que Arturo aprendió a montar en bicicleta aquella tarde y el verano siguió su curso.

Dos meses después, en  Magdalena, Ken besó por primera vez a Barbie mientras tomaban un helado Donofrio. Arturo los vió desde su bicicleta, pero no se cayó.

Arturo hizo uso de su bicicleta hasta pasados los 22 años, recorriendo largas distancias, también practicó ciclismo de montaña un par de años.
Su primera novia fue la menos rubia de las amigas de Barbie, 2 años después.

martes, 19 de julio de 2011

Gracias Mamá.

1990- 6:20am.

Lima, clásicamente gris e invernal. La niebla baña las calles invadiendo cada proyecto visual, y sigue así, convirtiendo una mañana cualquiera en una desalentadora propuesta de tener que levantarse de la cama. Una de las mejores cosas de que el cielo de Lima sea gris consiste en lo bien que nos cae a los noctámbulos el tener poca luz por las mañanas. Evitando ese ánimo enérgico mañanero con el que muchas personas despiertan en el mundo. Yo no. Yo nunca. Por mi que el sol se quede dormido y todos con él, es una crueldad levantarse con el ruido del despertador del móvil o cualquier otro artefacto siniestro que suene, vibre o te sobresalte poniendo en riesgo tu tranquilidad.

Mientras te aferras a las sábanas y mantas suficientes para encapsularte en el calor del buen dormir de pronto el estruendoso sonido del coche que nos llevaba al colegio. La sra. Palomino y su camioneta madrugadora, juro que aún no acababa la noche, (y para mí en realiadad empezaba), la bocina escandalosa que hacía que el sueño termine en pesadilla. Continúa el amanecer con los gritos nerviosos de mi madre, a voz en cuello de jirafa: " "chicas la movilidad!!! ya llegó!! despierten, vístanse, tomen desayuno,no se olviden la agenda, yaaaa!!!! ", todo esto a una velocidad y volumen difíciles de reproducir, más aún difícil de olvidar. Mi madre en pijama a medio caer y con ojos entreabiertos (imposible abrirlos por completo, se acababa de despertar al igual que mi hermana y yo, con el sonido del coche de la Sra Palomino). Salimos medio vestidas, desorganizadas, con la mitad del desayuno en la lonchera y la otra en la boca, congeladas y dormidas aún al escuchar la suave reprimenda de la sra Palomino por tardar tanto en salir de casa.
Algunas veces incluso con el uniforme húmedo que, lavado la noche anterior no había terminado de secar.
En un acto desesperado mi madre intentaba secarlos de múltiples formas, acercándolo a los fogones innecesariamente encendidos en la cocina (para que vaya calentando), con la plancha (para ser más efectivas, aunque quedaban notablemente luminosos), o zapatillas al horno (único intento luego de lo cual quedaron deformadas como para calzar a un ser claramente no humano), finalmente alguna vez uniformes húmedos ante la amenaza de la partida de la Sra palomino, sin nosotras.

No estoy segura de a qué hora exactamente me despertaba del todo, puede que ya en el colegio luego de 70 minutos de trayecto.

Cuando yo nací mi madre tenía 20 años, yo a esa edad puedo reconocer sin verguenza alguna que no era capaz de gobernar ni siquiera mis propios caprichos.
Todas las relaciones tienen sus bemoles, sin ellos no hay relación real.
Las anécdotas más o menos felices son interminables, las buenas son ilimitadas, y mi amor por mi madre infinito.



A Rocío, que hoy esta mañana se enfadó con su madre.

lunes, 18 de julio de 2011

Virginal

La pérdidad de la virginidad es y ha sido un tema controversial, persistente. Motivo de cefaleas y embarazos paranoides...y como parece, no nos libramos de ello.
Desde luego abordalrlo en algunas de sus varias dimensiones es propio de libros, no de post, así que allá vamos con la historia.

Marcos, alrededor de los 20 años, era un muchacho atípico, con un marcado aire quijotesco en cada una de sus frases, rimbombantes, rebuscadas, antiguas...
Tenía la costumbre o sistema de rodearse de amigas, varias y juntas, siempre menores que él y menores de edad, a las que constantemente regalaba flores y piropos respetuosos y formales (siempre me pregunté si los ensayaba por las noches el día previo). Las chicas disfrutaban de ello tanto como de su compañía galante, sin riesgos. Un caballero como dirían mi abuela, siempre tan sabia.
Tal vez su característica principal era ser un clásico, no me malinterpreten, no lo resalto como aburrido, simplemente un clásico. Clásico aplicado en todas sus dimensiones conocidas, su vestir, sus conversaciones, sus controlada risa e incluso sus chistes o elegantes historias. Los pantalones nunca jeans, con camisa dentro del pantalón y correa a juego con los zapatos que nunca eran zapatillas, lustrosos e impolutos resonaban en el suelo de la acera como un preludio de su voz impostada al anunciar su llegada. El verano termplado y gris de Lima no perdonó innumerables tardes, simpáticas, respetuosas con un grupo de chicas guiadas por el caballero Marcos.
Recuerdo en esos tiempos sus esfuerzos discretos pero no libres de sudor nervioso, para enamorar a una de las amigas adolescentes que conformamos su cículo social, ante el poco éxito pasó de una en una, sintiendo y demostrando querer galantemente, a todas en prudente orden. Hizo bien, halagó a todas respentando un tiempo entre sí, y sin dejar la amistad de grupo, en el cual era el único varón. Nunca dividió, ofendió o forzó interacción alguna. Al pasar el siguiente inverno cada una de las adolescentes iniciaron su vida sexual con algún patán de barrio, parroquiano, hijo de vecino, amigo nuevo del grupo de confirmación, de teatro, del coro o de las interminables actividades que las monjas planean para las niñas en el colegio religioso ante todo. Nunca faltó un surferboy de melena desteñida y desaliñada en la lista amplia de iniciadores.
A Marcos de forma inconsciente lo convertimos en un ser asexual, desprovisto de deseo, al menos de nuestro deseo. No sé exactamente cuándo se inició sexualmente, mucho después que nosotras seguro. En retrospectiva pienso si después de tanta dedicación y empeño es injusto recordarlo por su virtud con el piano, que ganas de mirarlo mientras tocaba entregado a las melodías cautivadoras, eso sí, sólo mirarlo.


Con las connotaciones sociales, familiares, femeninas, masculinas (¿por  qué no?), y las obvias prescindibles religiosas... podremos escribir y debatir el tema ampliamente, lo que espero no sea eternamente...