Algunas formas de vida parecen una enfermedad, del otro lado del cristal todo puede ser diferente.
Esa noche descubrió que la verdad no la tenemos entre todos, ni la tiene nadie... la verdad era sólo el desnudo inesperado de los actos en libertad, un giro en cada paso y se vuelve real cuando ya es pasado, la verdad, era algo de lo que no se podía escapar eternamente.
Lucía, 24 años. En una calle del mundo.
Esa noche decidió caminar. ¿Por qué no?. Hacía 4 meses que por prescripción médica no salía sola, una norma que cumplía estrictamente Olga, la niñera-enfermera que atendía sus necesidades y caprichos durante el día. Una mujer que se acercaba a los cincuenta años, delgada y aparentemente debilucha, almidonadamente correcta, discreta, delicada, perfecta para cuidar un exilio social. Una prisión que llevaba pocos meses, pero que tenía intenciones de extenderse varios más. Olga sólo dejaba un respiro a su mirada de cuidadora cuando Lucía le mostraba el paquete de cigarrillos vacío y casi entraba en una crisis de ansiedad hasta que Olga se ofrecía dudosa de ir corriendo (literalmente) a la esquina de la calle a comprar otro paquete. Lucía nunca se quedaba sin cigarrillos, pero le mostraba la cajetilla vacía, entonces aprovechaba y hacía algunas llamadas.
A pesar del invierno, no era una noche demasiado fría. Olga se había ido hacía horas, a seguir cuidando, esta vez a sus hijos y marido. En casa de Lucía dormían, el reloj marcaba 1:25 am. Lucía rara vez dormía de noche. De día y con muchas pastillas de por medio lograba tres horas seguidas de pesadillas, sueños caóticos que prefería no propiciar, elegía no dormir. Abrió el ventanal de su habitación, se asomó con libertad sacando el cuerpo casi llegando al ombligo y respiró profundo, con fuerza suficiente para sentir el aire húmedo del jardín penetrando y enfriando sus conductos nasales. Cerró los ojos y repitió el ejercicio. Se iba aclimatando. Luego salió de la habitación.
Comprobó el sueño profundo de sus padres, sus hermanos se manifestaban roncando así que fue suficiente con acercarse a las puertas de sus habitaciones. Comprobó también la cantidad de cigarrilos que tenía, contó minuciosa: los de la mesa de noche, los del escritorio, los escondidos en la estantería y los que metía dentro de un muñeco de peluche horrible al que rompió la costura del cuello para esconder cosas dentro de su blando cuerpo de oso feo. Tenía suficientes cigarrillos, cogió su jersey favorito y un sombrerito oscuro, salió con un ensayado cierre de puerta poco audible.
La calle, un barrio residencial, estaba lleno de jardínes y calles desiertas, iluminadas con poca justicia. Caminó rápidamente hacia la esquina derecha, no sabía por qué pero se tapaba con el cuello del jersey hasta la nariz, sin dejarse ver. Era un camino conocido, silencioso por lo solitario y sin tránsito de coches ni avenidas insolentes, un camino que dejara pensar sin estar atenta a nada más. La acera se adhería a sus zapatillas una talla más grande que la que necesitaba, era una sensación nueva. El parquet de casa me deja deslizar, la acera rugosa me retiene a cada paso, parece seguro, no me caeré, pensaba. Con cada expiración dejaba salir un poco del aire viciado, ese que sentía en el pecho, tanto tiempo contenido y encerrado, lleno de sustancias químicas indeseables.
Había esperado distraerse de múltiples formas antes de llegar a este punto, pero no había película, canción, o libro que detuviera más tiempo sus pasos, la situación, su sin razón, el maldito vacío, ya había llegado el invierno. Cuando Lucía se negaba a hablar, comer, dormir, y etc era por falta de interés, estaba como decían todos "en su mundo" y la solución era sencilla, siempre estaba alguien de su familia contestando, saludando, respondiendo, decidiendo, en fin, viviendo por ella. Tal vez se había desacostumbrado a vivir.
Esa noche algo diferente pasó, no dejó de sentir que cada paso significaba acercarse al fin, encendió el cuarto cigarrillo, siguió con el paso apesadumbrado que llevaba, pausado, sereno, mirando al suelo, observó su propia sombra. estaba muy delgada y desgarbada, con la ropa ondulante sobre su cuerpo lánguido.No hay mucha diferencia entre mi sombra y yo, pensó. Lucía no busca, ahora se siente la presa, huye hasta de la gente, del ruido, de la compañía innecesaria, de Olga, de su familia y nunca contesta las llamadas, mucho menos las devuelve. Hace crucigramas para olvidar pero nunca los termina, antes de acabar se aburre y se pierde en imágenes instantáneas, una presentación de diapositivas desafortunadas. La fuerza que queda la canaliza al olvido de lo absurdo, "imágenes, símbolos, no personas, no las veas como personas, sino como representaciones que afectan tu estado de ánimo..." le dice su terapeuta, por tu bien. Pero todo esto parece sólo funcionar como un refuerzo del dique, el dique que ya no aguanta más y se deja oír en crujidos de maderas debilitadas, a punto de quebrarse por completo. A pesar de todas las comodidades y excentricidades de las que disfruta, licencias de la locura, las ganancias secundarias de la enfermedad... escuchaba decir.
Cuando media hora después finalmente llega a la casa siente en la espalda la duda gestada en meses, palpitaciones a galope. Breton No 17, se acerca sigilosa a la casa. Salta la reja que custodia el jardín con una facilidad inesperada, y queda agazapada al borde de la ventana, prueba empañar un poco el cristal, en una esquina discreta, sólo por su espíritu lúdico. Conoce bien la distribución y los movimietos del salón que se dejan ver en alta definición por las ventanas que dan al jardín. La lamparita de luz amarilla de la mesa auxiliar está encendida. Al lado de ella un cenizero de crital macizo, lleno de colillas aún desprendiendo humo. Escucha y reconoce un vinilo de Louis Armstrong, respiró profundo, cerró los ojos suavemente y se sintió feliz nuevamente, al menos lo que duró media canción, hasta que empañó, esta vez sin intención, el cristal de la ventana y se hizo consciente lo diferente que es todo del otro lado del cristal. Abrió los ojos, sólo un poco, para ver a Javier, sonriente y tranquilo, brindar con vino tinto, seguro seco, el más seco que encuentre, pensó. Mirando con ternura a su novia.
Los acontecimientos de esa noche sin testigos llevaron a Lucía a un mayor encierro, uno más profundo y menos doloroso. En la sala común del sanatorio rara vez se le encontraba, no se relacionaba con las demás. Su familia la visitaba semanalmente y le llevaba cosas innecesarias. Olga tuvo la sensibilidad de acercarle sus libros, películas y discos favoritos (o los que ella imaginaba como favoritos por haberlos visto ser escogidos por Lucía demasiadas veces, incluso a veces una sola canción en repetición todo el día) pero sólo logró un amago de sonrisa que más bien era una mueca de gratitud. Había que convencerla de salir de la habitación, a veces cogida por ambos brazos, se dejaba llevar sin resistencia, suavemente, mientras cerraba los ojos, sintiéndose feliz, escuchando repetidamente en su mente "What A Wonderful World"...
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lunes, 15 de agosto de 2011
Caminata de noche. Canción de Cuna.
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miércoles, 27 de julio de 2011
Bahamas Infernal.
EL SUEÑO AMERICANO : “…Para algunos, es la oportunidad de lograr más riqueza de la que ellos podrían tener en sus países de origen; para otros, es la oportunidad para sus hijos de que crezcan con una buena educación y grandes oportunidades; por último, hay quien lo ve como la oportunidad para ser un individuo sin restricciones impuestas por motivo de raza, clase, religión, etcétera.
¿A quién engañamos?, el verdadero sueño americano, (si es que algún incauto aún sueña), no es llegar a sudar con el calor de Miami repartiéndote entre 80 a100 horas de jornada semanal entre dos restaurantes latinos (grasientos y poco salubres) y algún mall reponiendo y doblando ropa que otros impíamente desbaratan a su antojo casi por hacerte trabajar más. Eso como mucho es la pesadilla americana. El verdadero sueño americano es estar de VACACIONES (entiéndase DisneyWorld, Epcot center, Seaworld, MGM, compras compulsivas, playas paradisacas, hoteles fabulosos y clubes nocturnos para todos los gustos), sin hacer nada y con todo pagado. Si no lo mereces mejor aún, lo disfrutas más porque ningún esfuerzo te ha costado.
Miami, 1989.
Mi madre (29), hermana (6) y yo (9), última semana de tour en Florida-EEUU.
Por razones que poco recuerdo y creo que es mejor así, nos encontrábamos las tres frente al enorme barco que nos llevaría a pasar el día en las Bahamas. Recuerdo mi mal humor, (característico desde pequeña, las fotos hablan por sí mismas), pero mis razones tenía: haber tenido que despertarme a las 6am, desayunar el asqueroso jugo de naranja artificial made in usa y llegar legañosa al puerto aún con el viento que refresca o congelaba mi prominente nariz. Terminé de despertar cuando noté que no lograba sacar una foto al barco, una completa. No entraba en la foto, entonces pensé que era el barco más grande que había visto en mi vida. Más que los de la televisión. La vida a bordo fue aún mejor, casino para mamá, piscinas y jacuzzi para mi hermana y yo (vestidas con trajes de baño iguales made in usa too). Para un niño la experiencia del buffet es una feliz contradicción a las normas de comida diaria de no dejar nada en el plato (porque sino los pobres niños pobres serían más pobres y estarían más tristes por culpa tuya). Pues no, en el buffet me traía al plato toda la comida que me llamaba la atención sin pensar en que tenía que comerla, por colores, por formas, presentación, etc.
Al fin, llegamos a las islas Bahamas. Mi madre metió en una mochila azul jean clásico (que nunca olvidaré) lo indispensable para vivir e identificarnos y a la vez lo necesario para estar fuera del país: Pasaportes, pasajes, bonos de tour, cámara fotográfica, camiseta de recambio para cada una y la bolsa de viaje de poco más de 5000 dólares (sigo sin entender porqué la llevaba en efectivo, Mamá algún día te lo preguntaré…), dinero que solventaría nuestros caprichosos gastos las tres semanas posteriores al tour, semanas que pasaríamos en casa de familiares y amigos que todos tenemos en cada uno de los estados de EEUU (costumbre latina). Recuerdo pocas cosas, un cielo celeste pintado de postal, el primer grupo de reggae que vi en vivo tocando en una calle cualquiera (eso me dejó alucinada buen rato), muchas personas de piel negra y todos muy sonrientes con ropa multicolor. Pasado el tiempo pienso si la alegría de los lugareños se debía al consumo de cannabis… de todas formas bien por ellos, se veían felices o así los recuerdo. Pasamos por tiendas, alborotos y poco tiempo después tomamos un taxi hacia la playa. Yo pensaba en llegar y correr hacia ese mar tan celeste que había observado todo el camino desde el barco, ya a esa edad disfrutaba mucho el nadar y quería mi día de playa en colores nuevos. Llegamos a la playa y yo olvidando que venía acompañada corrí hacia la dorada arena, fina como polvo brillaba entre mis pies, yo levantaba la que podía con pasos agigantados y rápidos que se dirigían directamente al agua cuando mi joven madre gritó: “un ratito, espera para tomarnos una foto”… lo siguiente fue buscar la cámara, que estaba en la mochila que no estaba en las manos de nadie. Mi madre olvidó la mochila y su contenido valioso en el taxi. No teníamos como volver al puerto, no teníamos dinero, no podíamos salir de las Bahamas ni entrar a EEUU sin pasaportes. Sumado a esto el ataque de nervios que tenía mi madre encima, claro ahora pienso que con dos niñas de 9 y 5 años y ese panorama no era para menos. Luego todo fue un cúmulo de agonías y angustias, yo iba cual cometa llevada el brazo hacia donde mi madre corría, gritaba, se desesperaba y todo esto en la entrada a la playa, que se despedía de mí, mientras me alejaba hacia la calle donde el taxi nos había dejado hacía menos de 5 minutos.
Por suerte, el final no fue tan trágico, las Bahamas, por mi minúscula experiencia está llena de taxistas honrados, bien comunicados por radio que rápidamente contactaron con el taxista que tenía la mochila azul. Cuando apareció en su taxi color muy amarillo mi madre contó el dinero y revisó el contenido de mochila. No faltaba nada y fue entonces cuando la vi saltar a sus brazos y besarlo en la mejilla pero apasionadamente, pensé que nacía una historia de amor… pero era un agradecimiento desesperado. Volvimos al puerto en el mismo taxi porque ya no quedaba mucho tiempo para nada. Nunca metí los pies al mar.
“…en el mar la vida es más sabrosa…”
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