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martes, 11 de octubre de 2011

MI CITA VERDE.

Miraflores, Lima-Perú. Una tarde otoñal.

Es otoño y el cielo de Lima se ensaña en ser más gris de lo habitual. La cercanía del mar se anuncia en mi nariz prominente y, sin dejar de disfrutarlo, respiro la excesiva humedad costera. La niebla reposa con una danza leve sobre la acera ocultando los árboles y arbustos añosos, sabios de presenciar historias.
Camino hacia el parque de los encuentros, entre cafeterías, restaurantes, librerías, salas de casino despiadadas, heladerías y comercios varios en las calles miraflorinas, el parque Kennedy es un punto de referencia común para acordar una salida, una cita, una reunión. Veo un  cuadro que se repite diariamente: personas con cuellos flexibles y alargados de buscar entre el barullo una cara conocida, los últimos años también buscan caras desconocidas con quienes acuerdan primeras citas express y on line.
Como los peruanos no perdemos la costumbre de llegar un rato después de lo acordado me gusta pensar perversamente que nadie sabe en realidad a qué hora se encontrará con su cita y luego el cuadro termina siendo un baile heterogéneo de cuellos contorsionistas, miradas mal disimuladas, caras que se observan, se olisquean y examinan para ver si eres tú, la persona esperada.

Veo desde lejos en el centro del parque a un conocido hombre que pasa los sesenta años, de cabello verde encendido y gafas prominentes. Congrega a la gente llamando la atención a voz en cuello, vende libros que dice haber escrito y yo, que tiendo a creer poco de lo que se dice, observo de reojo sus pelos verdes intensos y sigo andando. Recuerdo vagamente su historia, en otra década fue titular de prensa y escándalo popular. El hombre de pelo verde en el pasado fue un psicólogo reconocido que estuvo en la cárcel por asesinar a uno de sus pacientes. Las razones según alegó él mismo: terminar con el mal de su paciente ya que no soportaba la confesión y detallada descripción en consulta de los crímenes que el paciente psicópata cometió y confesó en las sesiones con su psicólogo (probablemente psicópata también) y que se convertiría poco después en su verdugo confeso. -Sino puedo salvar la mente me quedaré con el cuerpo-pensó el hombre de pelo verde. Lo veo y no puedo dejar de hacerlo porque veo en él al intelectual, al psicólogo, al asesino y finalmente sólo veo al loco que quedó vendiendo libros.

Llego al parque Kennedy. Rodeo parcialmente un círculo imaginario donde el hombre de pelo verde es el centro, lo miro por su historia, por sus extravagantes movimientos y actitudes pero sobretodo lo miro por ser tan verde.

Siento un viento frío y rasposo en las manos y el rostro, quiero un café pero sé que si tomo dos durante esta tarde el insomnio se apoderará de mi cuerpo durante la noche, así que decido esperarte para el café, un café aromático y sensual, contigo. La terrazas otoñales seducen en la acera, avanzo entre mesas divididas por los colores de sus manteles según el establecimiento al que pertenecen, entre amarillos, azules y tonos cremas veo turistas de idiomas reconocibles pagar precios descabellados por un par de tostadas, parejas en las bancas frías de cemento cuyas piernas pertenecen a un solo cuerpo mientras se besan entregados a una falsa intimidad, perros fieles jugando liberados de ataduras, libros pirateados con maestría, un compañero de trabajo de mi padre con una señora que sospecho es su secretaria, pero que en todo caso no es su mujer. Siento más frío aún, miro el reloj y noto que debí encontrarte hace más de veinte minutos, me vuelvo una persona en el centro del parque Kennedy que alarga y contornea el cuello buscándote, olisqueo, miro hacia todos lados pero no te encuentro, miro a la derecha y camino rápido hacia la izquierda. Error. Choco con el hombre de pelo verde y lo derribo impíamente. Me disculpo, él se carcajea desproporcionadamente, como todo lo que hace, recojo la mayor cantidad de papeles y libritos que han caído al derribarlo, me disculpo nuevamente y camino con cuidado hacia la esquina acordada, el hombre de pelo verde me sigue y me habla, en realidad habla solo y me sigue a la vez cuando a pocos metros te reconozco, más atractiva y elegante que la última vez, veo tu sonrisa inicial deformándose en una mueca, extrañada miras a una persona que camina rápido, torpe e improvisada, con papeles y libros desordenados, con el cabello revuelto del viento costero y sobretodo miras al hombre de pelo verde que me acompaña  y que reconoces fácilmente. Tú, inteligente y divertida recuperas la sonrisa con picardía esta vez, desestimas el café y pasadas las 2am pagas la cuenta de los tres después de varias cervezas y un té. Tú siempre tan lista, encajando situaciones inesperadas, y yo hasta el día de hoy pensando en porqué no le pregunté la razón de su verde cabellera.

sábado, 13 de agosto de 2011

Detenida

Las risas, los besos y sus silencios en el mar, como una pintura que se derrama en la pared. Otro tiempo de oscura nocturnidad y algún cigarrillo que acompañe los escritos. Es una noche rebelde con contracturas musculares. Dolor.

Vamos hacia nuestro próximo tiempo, jamás pensando en dejar lo que nos espera, vivir lo posible y creer en lo imposible. Cada amanecer cambiando de marea, arrastrando la única ruta hacia nuestros propios miedos.

Los gestos, su corazón, su sonrisa clara…tatuajes en mi alma que no me permiten huir,
Al corazón de mi pecho he visto partir en un siniestro aeropuerto, muy dentro del equipaje de mano, 
se ha llevado nuestros códigos, ha vuelto a asaltar mi mente esta noche, y siempre me exprime no tenerle en todos los tiempos, desfasados por horario, eternizados en deseo, me ciego ante el lado vacío de su abrazo.

Los labios que me hablan de lo que cree y siente, los mismos matan razones sin besar los míos

El tiempo pasa sin consultar, y pasa en su ausencia. Me rasga la piel. Ráfagas de sangre derraman luminosas pinceladas de vida a mi gris.

La sensibilidad es la epidemia de mi época gélida, siempre a punto de estallar.
Nos venden métodos escapistas e imágenes deformadas, la distancia pretende que huyamos del presente, exige dejar el pasado y renunciar al futuro. Frío.

Relojes cada uno al compás del capricho para ir creando representaciones de una realidad, una verdad.

Siempre existe mucho que hacer, siempre mucho que sentir ya que hasta hoy, sus defectos son deliciosamente soportables.

Así también se siente el alma a la distancia, encargada de recopilarte en el tiempo, empapando de personalidad el sentimiento.
De lo contrario…estas líneas serían también entre tanto, imposibles.

lunes, 8 de agosto de 2011

El mono frustro.

1. Antecedentes.

Tuve durante mis primeros 20 años de vida varias clases de mascotas:
Las plantas de casa antes de la llegada de mi primer perro eran mis mascotas. Tengo que reconocerlo. Las alimentaba, lo cual incluía regarlas, darles vitaminas y café en la tierra porque mi madre decía que eso les hacía bien (no tengo ni idea si eso es cierto pero sobrevivieron y fueron hermosas). Las limpiaba, removía la tierra de cada maceta, pasaba paños húmedos por las hojas para refrescarlas y verlas brillar, luminosas. Les hablaba como si fueran perritos o perritos-planta.

Luego llegaron los perros. Perros de varias razas, entrañables compañeros que han despertado en mi profunda ternura, actualmente tengo una y sigue siendo un intercambio de amor desinteresado y compromiso constante.
Peces: clasificados y en varias peceras, toda una fan. A pesar de la cantidad de comentarios (sobretodo de mi madre) acerca de que los peces "traen mala suerte". Leyendas Urbanas.
Tortugas de tierra, torgutas de agua, grandes y pequeñas, de acuario y de jardín.
 En la casa de Iquitos (selva peruana), a los 6 años de edad, se añadieron a solicitud en insitencia mía muchos pollos y ocasionalmente serpientes intrusas que entraban entre los árboles y plantas innumerables del jardín. Yo, en mi delirio por las mascotas me permitía fantasear con que eran parte mi zoo personal hasta que las mataba o se las llevaba lejos el amable señor vigilante de la seguridad de casa. Siempre preferí pensar que las apartaba y luego las soltaba en medio los matorrales y árboles.

2. En Iquitos vamos un domingo al zoológico "Quistococha". Hay animales sueltos alrededor de los visitantes, yo tengo 6 años y me parece genial. Algunos monos (que medían la mitad que yo) se me acercan juguetones. Yo voy comiendo una bolsa de patatas fritas y le ofresco una a los monos. Uno de ellos me sigue, encantador. Yo le sigo dando patatas. Seguimos comiendo juntos patatas a gran velocidad. Se me acaba las patatas. El mono se pone histérico. Grita, se avalanza contra mi, sigue gritando, yo estoy segura de que piensa que no le quiero dar más patatas y que no es consciente de que se me acabaron. Se lo trato de explicar, el mono viene directo hacia mi, gritando, fuera de control. Termino corriendo en círculos alrededor de una pequeña pileta de piedra gritándole al mono repetidamente: "ya no tengo nada!!". Me paso un susto mortal y la gente se ríe de mi.

3.Una mañana tropical en la casa de Iquitos mi padre recibe a un amigo de visita. El amigo trae un mono en su chaqueta. Es muy pequeño, raza "titi". Como es de suponer lo deseo más que a nada en el mundo. Me las arreglo con un histrionismo propio de mis seis años para que mi padre pague una suma exagerada por el mono. El mono se queda en casa, en mi cabeza literalmente. Soy muy feliz porque tengo un mono, no me separo de él en toda la tarde, lo quiero más que a nada. Por la noche mi madre me prohibe que el mono duerma en mi habitación, le prepara una caja cómoda en la cocina y lo deja ahí. Me despierto en la madrugada con una tormenta bárbara, común en la selva. No hace frío, pero pienso que el mono tiene frío, voy a la cocina e intento proteger la caja del viento tormentoso, con una bolsa de plástico.
La mañana siguiente mi madre me cuenta que el mono escapó por la ventana y que estará en los árboles lejanos jugando con sus amigos monos. Me siento triste pero no puedo evitar sonreir pensando en todos los monos jugando juntos.
Con 19 años mi madre me dice la verdad, el mono murió por la bolsa plástica. No quiero ni pensar ni describirlo, me quedé triste de por vida.

4.Lima. Salgo con un amigo de la escuela naval. Es amable y carismático. Salimos de vez en cuando. Yo tenía 17 años. Un 31 de diciembre antes de irnos de fiesta aparece en mi casa con un mono. De aproximadamente 30 centímetros, lindo, gracioso, juguetón e hiperactivo. El mono perfecto. Me olvido de mi amigo marino. Juego con el mono hasta la hora de la fiesta, no deja de sorprenderme el parecido que tienen con nuestra especie. Cierro las ventanas y las puertas, me aseguro de que el mono no pueda escapar de la casa. Me voy a la fiesta. Mi madre no está y no sé cómo avisarle, pero me parece simple y lo resuelvo, dejo a mi madre una nota diciendo: " vengo temprano, cuídame el mono". Vuelvo de la fiesta, no hay cortinas sino hilachas desgarradas por todo el salón. No hay mantel. No hay cristalería sobre ninguna superficie. El sofá principal tiene claros signos de arañazos desgarradores también. Mi madre me dice cosas irrepetibles y muy justas. No me quedo con el mono.

5. Madrid, con 31 años. Aún quiero un mono. Mayte dice: "ni de coña".

martes, 2 de agosto de 2011

"The Lady in Red"

ROJO: corte y sutura, rojo sangre y amante, rojo cordón umbilical, rojo en tus mejillas, rojo... tu vestido.


"I've never seen you looking so lovely as you did tonight. I've never seen you shine so bright..."

San Isidro, Lima. Una noche de verano del 2004.


En una cola caótica con Adela, compañera de desaciertos y pequeñas aventuras en la acera del centro cultural PUCP (Pontificia Universidad católica del Perú), esperando entrar al concierto de "Silvio a la carta". Un grupo en homenaje a la música del gran Silvio, canciones escogidas con inteligencia y versionadas con talento. La calle bonita y ruidosa por el tráfico de esas horas es un extraño equilibrio de actitud bohemia-intelectual con la Lima acústicamente contaminada por la que circulamos. Adela espera con cierta emoción. "Al fin voy a conocer a tu novia, al fin, al fin..." dando saltitos de niña juguetona a punto de recibir un helado. Bueno,no es para tanto, pienso yo, (rancia). Y ya en actitud negativa sigo pensando, "esta noche voy a conocer a tu ex novia, que ya de lejos me cae mal y entre las tres (Adela, su ex y mi novia) es posible que logren que el concierto sea menos bueno que si hubiera venido sola." (Rancia mal).
Recuerdo el jaleo, los múltiples intentos frustros de comunicarnos con ellas por celular, pero pasa una combi, pasan 3, los coches se gritan entre sí, cada uno con su claxon y conductor (cada coche grita como puede, usando todos sus recursos). De esta avenida no sale nadie, y mi voz por el celular menos, pienso con cierto aburrimiento.
Al fin entre el tumulto y el desorden pacífico de la cola (entendamos que los individuos que acuden a un concierto de Silvio a la carta son más bien tranquilos, y si se violentan en la intimidad de sus días no suele ser durante o previo al concierto) pude reconocer una figura felina, negruzca que se trataba de esconder tras una melena lisa y sedosa, cual comercial de Pantene. Era Diego Bertie (actor peruano concocido en teatro y culebrones de los 90) que salía tratando de firmar lo menos posible en lo que autógrafos se refiere, como si con esa ropa de cuero pegadito no resaltara lo suficiente. Ja!
Dentro del bullicio Adela intentaba decirme con gestos, gritos, saltos y ya finalmente con un dedo indicando coordenadas exactas, que había visto a una chica guapísima. La vi, despistada, de melena indomable, traía un vestido rojo perfecto, simplemente perfecto. Recuerdo sus ojos tímidos y su sonrisa de un blanco luminoso y cautivador, pensando quién sabe qué (y nunca lo sabré). Así te vi, de pronto tu mirada y sonrisa apuntaban a un solo objetivo, una mueca cómplice y los pasos cortos que corrieron hacia mi. Me besaste, y te prendiste de mi mano con naturalidad, yo mientras tanto seguía sin entender y quise preguntarte ¿de verdad estás conmigo?, ¿es cierto que son los dioses tan generosos esta noche?. Lovely darling, lovely...
Luego son pocos los recuerdos de esa noche, recuerdo un concierto emotivo, encantador. El whisky con hielo en casa luego del concierto y tú, aún con tu vestido rojo, preparando tequeños rellenos de queso para la madrugada de conversaciones. Sentada a mi lado, soportando la verborrea de las madrugadas interminables en la sala de sofás grises donde vivíamos.
Aún ahora, a la distancia, puedo sacarte el rojo de las mejillas con un recuerdo impertinente, narrado con respeto a nuestros tiempos, con ingenio para robarte una sonrisa que no veo.

Gracias a ti por tus rojos, todos, los buenos y los malos, por tu sonrisa, aunque no la veo, sé que sigue siendo una sonrisa cómplice a través de los años.

"...I never will forget the way you look tonight..."

miércoles, 27 de julio de 2011

Bahamas Infernal.


EL SUEÑO AMERICANO : “…Para algunos, es la oportunidad de lograr más riqueza de la que ellos podrían tener en sus países de origen; para otros, es la oportunidad para sus hijos de que crezcan con una buena educación y grandes oportunidades; por último, hay quien lo ve como la oportunidad para ser un individuo sin restricciones impuestas por motivo de raza, clase, religión, etcétera.
Mientras el término con frecuencia se asocia a la inmigración en Estados Unidos, los estadounidenses nativos también lo describen como "búsqueda del sueño americano" o "viviendo el sueño americano"….”  GRACIAS, WIKIPEDIA.

¿A quién engañamos?, el verdadero sueño americano, (si es que algún incauto aún sueña), no es llegar a sudar con el calor de Miami repartiéndote entre 80 a100 horas de jornada semanal entre dos restaurantes latinos (grasientos y poco salubres) y algún mall reponiendo y doblando ropa que otros impíamente desbaratan a su antojo casi por hacerte trabajar más. Eso como mucho es la pesadilla americana. El verdadero sueño americano es estar de VACACIONES (entiéndase DisneyWorld, Epcot center, Seaworld, MGM, compras compulsivas, playas paradisacas, hoteles fabulosos y clubes nocturnos para todos los gustos), sin hacer nada y con todo pagado. Si no lo mereces mejor aún, lo disfrutas más porque ningún esfuerzo te ha costado.

Miami, 1989.
Mi madre (29), hermana (6) y yo (9), última semana de tour en Florida-EEUU.
Por razones que poco recuerdo y creo que es mejor así, nos encontrábamos las tres frente al enorme barco que nos llevaría a pasar el día en las Bahamas. Recuerdo mi mal humor, (característico desde pequeña, las fotos hablan por sí mismas), pero mis razones tenía:  haber tenido que despertarme a las 6am, desayunar el asqueroso jugo de naranja artificial made in usa y llegar legañosa al puerto aún con el viento que refresca o congelaba mi prominente nariz.  Terminé de despertar cuando noté que no lograba sacar una foto al barco, una completa. No entraba en la foto, entonces pensé que era el barco más grande que había visto en mi vida. Más que los de la televisión. La vida a bordo fue aún mejor, casino para mamá, piscinas y jacuzzi para mi hermana y yo (vestidas con trajes de baño iguales made in usa too). Para un niño la experiencia del buffet es una feliz contradicción a las normas de comida diaria de no dejar nada en el plato (porque sino los pobres niños pobres serían más pobres y estarían más tristes por culpa tuya). Pues no, en el buffet me traía al plato toda la comida que me llamaba la atención sin pensar en que tenía que comerla, por colores, por formas, presentación, etc.
Al fin, llegamos a las islas Bahamas. Mi madre metió en una mochila azul jean clásico (que nunca olvidaré) lo indispensable para vivir e identificarnos y a la vez lo necesario para estar fuera del país:  Pasaportes, pasajes, bonos de tour, cámara fotográfica, camiseta de recambio para cada una y la bolsa de viaje de poco más de 5000 dólares (sigo sin entender porqué la llevaba en efectivo, Mamá algún día te lo preguntaré…), dinero que solventaría nuestros caprichosos gastos las tres semanas posteriores al tour, semanas que pasaríamos en casa de familiares y amigos que todos tenemos en cada uno de los estados de EEUU (costumbre latina).  Recuerdo pocas cosas, un cielo celeste pintado de postal, el primer grupo de reggae que vi en vivo tocando en una calle cualquiera (eso me dejó alucinada buen rato), muchas personas de piel negra y todos muy sonrientes con ropa multicolor. Pasado el tiempo pienso si la alegría de los lugareños se debía al consumo de cannabis… de todas formas bien por ellos, se veían felices o así los recuerdo. Pasamos por tiendas, alborotos y poco tiempo después tomamos un taxi hacia la playa. Yo pensaba en llegar y correr hacia ese mar tan celeste que había observado todo el camino desde el barco, ya a esa edad disfrutaba mucho el nadar y quería mi día de playa en colores nuevos. Llegamos a la playa y yo olvidando que venía acompañada corrí hacia la dorada arena, fina como polvo brillaba entre mis pies, yo levantaba la que podía con pasos agigantados y rápidos que se dirigían directamente al agua cuando mi joven madre gritó: “un ratito, espera para tomarnos una foto”… lo siguiente fue buscar la cámara,  que estaba en la mochila que no estaba en las manos de nadie. Mi madre olvidó la mochila y su contenido valioso en el taxi. No teníamos como volver al puerto, no teníamos dinero, no podíamos salir de las Bahamas ni entrar a EEUU sin pasaportes. Sumado a esto el ataque de nervios que tenía mi madre encima, claro ahora pienso que con dos niñas de 9 y 5 años y ese panorama no era para menos.  Luego todo fue un cúmulo de agonías y angustias, yo iba cual cometa llevada el brazo hacia donde mi madre corría, gritaba, se desesperaba y todo esto en la entrada a la playa, que se despedía de mí, mientras me alejaba hacia la calle donde el taxi nos había dejado hacía menos de 5 minutos.
Por suerte, el final no fue tan trágico, las Bahamas, por mi minúscula experiencia está llena de taxistas honrados, bien comunicados por radio que rápidamente contactaron con el taxista que tenía la mochila azul. Cuando apareció en su taxi color muy amarillo mi madre contó el dinero y revisó el contenido de mochila. No faltaba nada y fue entonces cuando la vi saltar a sus brazos y besarlo en la mejilla pero apasionadamente, pensé que nacía una historia de amor… pero era un agradecimiento desesperado.  Volvimos al puerto en el mismo taxi porque ya no quedaba mucho tiempo para nada. Nunca metí los pies al mar.
“…en el mar la vida es más sabrosa…”

martes, 26 de julio de 2011

El patio empedrado.

Belgrado- Serbia.
2009, invierno.

Me despierta el viento frío en la cara.  Raramente seco, en el patio de casa. Creo que me dormí mientras pensaba en arreglar la ventana.  Es una bisagra que perdió algún tornillo y ahora tambalea con el viento. Estoy cansado, hace tiempo ya, pero mantengo la costumbre de arreglar los pequeños desperfectos que la casa va presentando. Hemos envejecido juntos, afrontamos el paso del tiempo y su desgaste natural con mis manos artríticas de 86 años. Sé que lo puedo hacer, lento pero cariñosamente resano las paredes, cubro las grietas  y aseguro alguna viga. La pintura aguanta, aguanta un poco más aún.
Me siento en el banco de metal oxidado y corroído, sé que nada puede con él. El es más fuerte que yo. Lo supe desde aquel abril del 41, luego del bombardeo. Aquel día sólo el banco resistió. Yo lo perdí todo, todo lo que un hombre puede perder, y así pudo conmigo también, pero el banco resistió. Mi familia se … no, no lograron salir, yo no pude hacer nada y los pocos recuerdos que tengo de aquel día se tiñen de rojo, atropellan mis pensamientos con estruendos y explosiones, polvo gris, gritos  y charcos de vida derramada.  Aquí en este banco sobreviviente me sentaba con ella, a ver el atardecer.  Con una taza de té en invierno, nos gustaba que la lluvia nos repliegue a casa, así supiéramos que llovería nos quedábamos juntos desafiando el mal tiempo, charlando, ella me hacía reír mucho, mucho más de lo que yo acostumbro.  Me gustaba ver sus ojos abiertos no del todo por los rayos de luz atacando sus pupilas. Tuvo una mirada inteligente siempre, más aún cuando se perdía en el empedrado patio gris, sentada en el banco, a mi lado.
Veo las dos casas vecinas, también con techo a dos aguas. Blanco roto o blanco gris, siempre tuvimos esa discusión tonta. Mi casa es de una sola planta, las ventanas de madera, amplias de marco blanco, iluminan el salón principal. La puerta es una ventana que creció y nos da paso, siempre acompañada de un pequeño farol de luz amarillenta, como la que no recomiendan.
A mi me sigue pareciendo romántico sentarme en el banco que ha sobrevivido. A  perder la mirada en el suelo de piedra, piedras que coloqué una a una después de los 50, otra vez, cuando me propuse que tuviera el mismo aspecto, como a ella le hubiera gustado.
Las palomas no pierden el tiempo y juguetean entre las migas que les dejo y los charcos de lluvia, son escurridizas pero han aprendido a no temer a este viejo observador. Esta vez se mueven menos, como si yo no estuviera viéndolas, no sé la hora, pero ha anochecido y el viento es extrañamente seco. Las palomas ni se inmutan. Un momento... me embriaga la emoción de volverte a ver, he notado esta tarde que el banco ha sobrevivido a mí, que la bisagra quedará inestable. Acabo de morir.

sábado, 23 de julio de 2011

FRIJOLES Y PESCADO FRITO

La idealización del médico en la sociedad ha forjado un compendio de leyendas urbanas tan falsas como antiguas. Aclaro: no somos infalibles, no estamos siempre de buen humor, no llevamos todos un estilo de vida ejemplar (con tantas guardias y estrés eso está descartado), algunos nos drogamos como todos: café, alcohol, tabaco, medicamentos autoprescritos, red bull y etc. (dependiendo del gusto). La mayoría tenemos vocación de servicio, aún así no todos la tienen las 24 horas del día. Estudiamos mucho pero no lo sabemos todo y lo principal NO SOMOS HOUSE ok?.

Lima. Algún Hospital del MINSA. (ministerio de Salud).
Rotación de internos en el servicio de Cirugía.  (Del lat. chirurgĭa, y este del gr. χειρουργία).
Cirugía: Parte de la medicina que tiene por objeto curar las enfermedades por medio de operación.
(o empeorarlas como puede pasar en cualquier práctica médica).

Francisco es un hombre humilde, de unos 58 años, mulato, flaco en exceso por la enfermedad, amable y respetuoso. Su mirada ensombrecida reflejaba tristeza y resignación crónica. De pocas palabras, confiaba en nosotros, ¿qué le quedaba?...
Francisco llevaba hospitalizado 3 meses en el servicio de cirugía por el que en esos tiempos pasamos una agradable estancia académica. Había sufrido hacía unos pocos años un accicente automovilístico y requerido cirugía abdominal para las lesiones producto del accidente. Los años siguientes fue ingresado constantemente con el mismo enigma sin resolver. Los internistas y cirujanos que veían repetidamente su caso no se explicaban las espontáneas perforaciones intestinales y consecuentes peritonitis por las que entraba y salía del servicio de cirugía, que se había convertido ya, en su segunda vivienda.

No podía ingerir nada. No comía hacía dos meses. Le alimentábamos insípidamente por las venas, con cálculos y fórmulas matemáticas sin sabor alguno. Nadie lo visitaba. Cuando alguna vez me quedé con él a charlar no me preguntaba nada, sólo se veía consumido cada vez más y si yo le preguntaba algo con lo que soñar decía escuetamente: "...sólo quisiera comerme un buen plato de frijoles con arroz y pescado frito...", era el único momento en que su mirada cambiaba y cierto brillo discreto asomaba por sus pupilas cansadas. Incluso atisbaba un intento de sonrisa, más bien una mueca que yo interpretaba como positiva. 

Los cirujanos no se atrevían a operarlo nuevamente, nos contaban que al entrar a la cavidad abdominal las paredes intestinales se deshacían como papel higiénico mojado al menor contacto, era por eso que alimentarlo por vía oral no era una opción. Estaba muy débil a pesar de la sangre que se le había transfundido y era peligroso entrar a sala de operaciones, con altas probabilidades de no salir de ella.
Se barajaban opciones diagnósticas, pocas y raras, no muy conocidas y nada frecuentes en latinoamérica.
Pasadas varias semanas, y como última opción, nos enfrentamos a la cirujana más bruja del servicio. Una mujer que pasaba los cincuenta, rubia mal teñida, de muy mal gusto para vestir y de un carácter avinagrado por excelencia, no lo sé pero juraría que era soltera. Como suele pasar, sin embargo, fue una de las personas de la que más aprendimos, la exigencia y lo castrense a nivel quirúrgico resulta, es ahora en retrospectiva que lo puedo ver con claridad.
Le comenté el caso (y ella por supuesto respondió que lo conocía mejor que yo), le pedí su opinión acerca de una nueva intervención, retirar un trozo importante del intestino más dañado y probar si con el tiempo el resto se fortalecía. Era una opción para mi. Era una locura para ella. Sabía de sobra que eran muchos más los riesgos que lo escasamente bien que podía quedar Francisco. Pero era su única oportunidad. Creo que antes de mandarme a la mierda, respiró profundo, me miró fijamente por largo rato (yo pensé que me iba a golpear o algo así de surrealista). Sólo dijo en tono severo: "Está bien. Entramos a sala en una semana.". Se fue sin mirarme, seguro que pensando en que no había una interna más pesada y más tonta que yo.
La semana siguiente fue un cúmulo de vértigos emocionales y entusiasmos mermados por las pocas posibilidades. Recuerdo que nunca estuve en una sala de operaciones tan concurrida, seguro que ni cuando filman E.R. hay tanta gente en la sala. Cuatro cirujanos, tres residentes, dos internos, dos externas, enfermeras, asistentes, anestesiólogo y jefe de servicio. Todos juntos vimos sus entrañas y nos sentimos pequeños. La Cirujana bruja nos odió más que nunca ese día, pero que buena era con las manos la cabrona. No habló durante las 7 horas que duró la cirugía. Salimos extenuados sólo de estar ahí.
Francisco pasó a recuperación y en pocos días estaba nuevamente en el servicio. Más débil, más flaco, y menos comunicativo. Tuvo una evolución lentamente favorable, pero favorable que era lo increíble.
A las pocas semanas me tocó pasar a pediatría, a otro hospital, no supe más de Francisco en 3 semanas hasta que recibí una llamada al móvil. Era una entrañable externa que recuerdo con especial afecto, (aún permanecía en cirugía ya que no le tocaba rotar de servicio hasta el mes siguiente), una chica que cumplía todas y cada una de las definiciones de nerd, escencialmente estudiosa, inocente como pocas y de un corazón excepcional. Su habitual parsimonia y tono formal no ocultó la euforia de su llamada, me dijo (y lo recuerdo literalmente) : "Le hemos dado el alta a Francisco, ya puede comer, ha subido dos kilos, se va hoy. Quería que lo supieras.".

No, no somos perfectos ni aspiramos a ello. Los médicos somos gente más que normal, llenos de defectos y deformaciones profesionales, las exigencias de nuestra profesión nos hacen renegar mucho en ocasiones, pero puedo jurar que la sonrisa que me sacó esa llamada lo vale todo y más.



A Francisco, donde quiera que esté, porque siempre le deberé un buen plato de frijoles con arroz y pescado frito.

lunes, 18 de julio de 2011

Virginal

La pérdidad de la virginidad es y ha sido un tema controversial, persistente. Motivo de cefaleas y embarazos paranoides...y como parece, no nos libramos de ello.
Desde luego abordalrlo en algunas de sus varias dimensiones es propio de libros, no de post, así que allá vamos con la historia.

Marcos, alrededor de los 20 años, era un muchacho atípico, con un marcado aire quijotesco en cada una de sus frases, rimbombantes, rebuscadas, antiguas...
Tenía la costumbre o sistema de rodearse de amigas, varias y juntas, siempre menores que él y menores de edad, a las que constantemente regalaba flores y piropos respetuosos y formales (siempre me pregunté si los ensayaba por las noches el día previo). Las chicas disfrutaban de ello tanto como de su compañía galante, sin riesgos. Un caballero como dirían mi abuela, siempre tan sabia.
Tal vez su característica principal era ser un clásico, no me malinterpreten, no lo resalto como aburrido, simplemente un clásico. Clásico aplicado en todas sus dimensiones conocidas, su vestir, sus conversaciones, sus controlada risa e incluso sus chistes o elegantes historias. Los pantalones nunca jeans, con camisa dentro del pantalón y correa a juego con los zapatos que nunca eran zapatillas, lustrosos e impolutos resonaban en el suelo de la acera como un preludio de su voz impostada al anunciar su llegada. El verano termplado y gris de Lima no perdonó innumerables tardes, simpáticas, respetuosas con un grupo de chicas guiadas por el caballero Marcos.
Recuerdo en esos tiempos sus esfuerzos discretos pero no libres de sudor nervioso, para enamorar a una de las amigas adolescentes que conformamos su cículo social, ante el poco éxito pasó de una en una, sintiendo y demostrando querer galantemente, a todas en prudente orden. Hizo bien, halagó a todas respentando un tiempo entre sí, y sin dejar la amistad de grupo, en el cual era el único varón. Nunca dividió, ofendió o forzó interacción alguna. Al pasar el siguiente inverno cada una de las adolescentes iniciaron su vida sexual con algún patán de barrio, parroquiano, hijo de vecino, amigo nuevo del grupo de confirmación, de teatro, del coro o de las interminables actividades que las monjas planean para las niñas en el colegio religioso ante todo. Nunca faltó un surferboy de melena desteñida y desaliñada en la lista amplia de iniciadores.
A Marcos de forma inconsciente lo convertimos en un ser asexual, desprovisto de deseo, al menos de nuestro deseo. No sé exactamente cuándo se inició sexualmente, mucho después que nosotras seguro. En retrospectiva pienso si después de tanta dedicación y empeño es injusto recordarlo por su virtud con el piano, que ganas de mirarlo mientras tocaba entregado a las melodías cautivadoras, eso sí, sólo mirarlo.


Con las connotaciones sociales, familiares, femeninas, masculinas (¿por  qué no?), y las obvias prescindibles religiosas... podremos escribir y debatir el tema ampliamente, lo que espero no sea eternamente...

martes, 3 de mayo de 2011

No hay nada que celebrar.

No hay nada que celebrar.

Osama en el mar, ajá... pienso en las razones (no religiosas) para ocultar un cuerpo tan buscado: no es mostrable (por etc.. de cosas) o no hay cuerpo. (¿Escondido-farol?)
El "presidente del mundo" (Barack Obama) decide invade, actúa y luego nos da explicaciones para tontos, no nos subestime señor, un poco de respeto.

Acusarme de pesimista sería justo, pero no dejo de preguntarme:
¿Qué celebran en EEUU? algo que no está probado y que tal vez (no lo deseo ni en mi peor pesadilla) podría traer consecuencias sangrientas.

Algo más que el cuerpo de nos esconde este señor.
Por mi parte sólo desear que no se descubra lo oculto con más desgracias y violencia (represalias), porque siempre termina pagando el pueblo inocente de alguna nación.
No hay nada que celebrar.