ROJO: corte y sutura, rojo sangre y amante, rojo cordón umbilical, rojo en tus mejillas, rojo... tu vestido.
"I've never seen you looking so lovely as you did tonight. I've never seen you shine so bright..."
San Isidro, Lima. Una noche de verano del 2004.
En una cola caótica con Adela, compañera de desaciertos y pequeñas aventuras en la acera del centro cultural PUCP (Pontificia Universidad católica del Perú), esperando entrar al concierto de "Silvio a la carta". Un grupo en homenaje a la música del gran Silvio, canciones escogidas con inteligencia y versionadas con talento. La calle bonita y ruidosa por el tráfico de esas horas es un extraño equilibrio de actitud bohemia-intelectual con la Lima acústicamente contaminada por la que circulamos. Adela espera con cierta emoción. "Al fin voy a conocer a tu novia, al fin, al fin..." dando saltitos de niña juguetona a punto de recibir un helado. Bueno,no es para tanto, pienso yo, (rancia). Y ya en actitud negativa sigo pensando, "esta noche voy a conocer a tu ex novia, que ya de lejos me cae mal y entre las tres (Adela, su ex y mi novia) es posible que logren que el concierto sea menos bueno que si hubiera venido sola." (Rancia mal).
Recuerdo el jaleo, los múltiples intentos frustros de comunicarnos con ellas por celular, pero pasa una combi, pasan 3, los coches se gritan entre sí, cada uno con su claxon y conductor (cada coche grita como puede, usando todos sus recursos). De esta avenida no sale nadie, y mi voz por el celular menos, pienso con cierto aburrimiento.
Al fin entre el tumulto y el desorden pacífico de la cola (entendamos que los individuos que acuden a un concierto de Silvio a la carta son más bien tranquilos, y si se violentan en la intimidad de sus días no suele ser durante o previo al concierto) pude reconocer una figura felina, negruzca que se trataba de esconder tras una melena lisa y sedosa, cual comercial de Pantene. Era Diego Bertie (actor peruano concocido en teatro y culebrones de los 90) que salía tratando de firmar lo menos posible en lo que autógrafos se refiere, como si con esa ropa de cuero pegadito no resaltara lo suficiente. Ja!
Dentro del bullicio Adela intentaba decirme con gestos, gritos, saltos y ya finalmente con un dedo indicando coordenadas exactas, que había visto a una chica guapísima. La vi, despistada, de melena indomable, traía un vestido rojo perfecto, simplemente perfecto. Recuerdo sus ojos tímidos y su sonrisa de un blanco luminoso y cautivador, pensando quién sabe qué (y nunca lo sabré). Así te vi, de pronto tu mirada y sonrisa apuntaban a un solo objetivo, una mueca cómplice y los pasos cortos que corrieron hacia mi. Me besaste, y te prendiste de mi mano con naturalidad, yo mientras tanto seguía sin entender y quise preguntarte ¿de verdad estás conmigo?, ¿es cierto que son los dioses tan generosos esta noche?. Lovely darling, lovely...
Luego son pocos los recuerdos de esa noche, recuerdo un concierto emotivo, encantador. El whisky con hielo en casa luego del concierto y tú, aún con tu vestido rojo, preparando tequeños rellenos de queso para la madrugada de conversaciones. Sentada a mi lado, soportando la verborrea de las madrugadas interminables en la sala de sofás grises donde vivíamos.
Aún ahora, a la distancia, puedo sacarte el rojo de las mejillas con un recuerdo impertinente, narrado con respeto a nuestros tiempos, con ingenio para robarte una sonrisa que no veo.
Gracias a ti por tus rojos, todos, los buenos y los malos, por tu sonrisa, aunque no la veo, sé que sigue siendo una sonrisa cómplice a través de los años.
"...I never will forget the way you look tonight..."
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martes, 2 de agosto de 2011
"The Lady in Red"
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martes, 19 de julio de 2011
Gracias Mamá.
1990- 6:20am.
Lima, clásicamente gris e invernal. La niebla baña las calles invadiendo cada proyecto visual, y sigue así, convirtiendo una mañana cualquiera en una desalentadora propuesta de tener que levantarse de la cama. Una de las mejores cosas de que el cielo de Lima sea gris consiste en lo bien que nos cae a los noctámbulos el tener poca luz por las mañanas. Evitando ese ánimo enérgico mañanero con el que muchas personas despiertan en el mundo. Yo no. Yo nunca. Por mi que el sol se quede dormido y todos con él, es una crueldad levantarse con el ruido del despertador del móvil o cualquier otro artefacto siniestro que suene, vibre o te sobresalte poniendo en riesgo tu tranquilidad.
Mientras te aferras a las sábanas y mantas suficientes para encapsularte en el calor del buen dormir de pronto el estruendoso sonido del coche que nos llevaba al colegio. La sra. Palomino y su camioneta madrugadora, juro que aún no acababa la noche, (y para mí en realiadad empezaba), la bocina escandalosa que hacía que el sueño termine en pesadilla. Continúa el amanecer con los gritos nerviosos de mi madre, a voz en cuello de jirafa: " "chicas la movilidad!!! ya llegó!! despierten, vístanse, tomen desayuno,no se olviden la agenda, yaaaa!!!! ", todo esto a una velocidad y volumen difíciles de reproducir, más aún difícil de olvidar. Mi madre en pijama a medio caer y con ojos entreabiertos (imposible abrirlos por completo, se acababa de despertar al igual que mi hermana y yo, con el sonido del coche de la Sra Palomino). Salimos medio vestidas, desorganizadas, con la mitad del desayuno en la lonchera y la otra en la boca, congeladas y dormidas aún al escuchar la suave reprimenda de la sra Palomino por tardar tanto en salir de casa.
Algunas veces incluso con el uniforme húmedo que, lavado la noche anterior no había terminado de secar.
En un acto desesperado mi madre intentaba secarlos de múltiples formas, acercándolo a los fogones innecesariamente encendidos en la cocina (para que vaya calentando), con la plancha (para ser más efectivas, aunque quedaban notablemente luminosos), o zapatillas al horno (único intento luego de lo cual quedaron deformadas como para calzar a un ser claramente no humano), finalmente alguna vez uniformes húmedos ante la amenaza de la partida de la Sra palomino, sin nosotras.
No estoy segura de a qué hora exactamente me despertaba del todo, puede que ya en el colegio luego de 70 minutos de trayecto.
Cuando yo nací mi madre tenía 20 años, yo a esa edad puedo reconocer sin verguenza alguna que no era capaz de gobernar ni siquiera mis propios caprichos.
Todas las relaciones tienen sus bemoles, sin ellos no hay relación real.
Las anécdotas más o menos felices son interminables, las buenas son ilimitadas, y mi amor por mi madre infinito.
A Rocío, que hoy esta mañana se enfadó con su madre.
Lima, clásicamente gris e invernal. La niebla baña las calles invadiendo cada proyecto visual, y sigue así, convirtiendo una mañana cualquiera en una desalentadora propuesta de tener que levantarse de la cama. Una de las mejores cosas de que el cielo de Lima sea gris consiste en lo bien que nos cae a los noctámbulos el tener poca luz por las mañanas. Evitando ese ánimo enérgico mañanero con el que muchas personas despiertan en el mundo. Yo no. Yo nunca. Por mi que el sol se quede dormido y todos con él, es una crueldad levantarse con el ruido del despertador del móvil o cualquier otro artefacto siniestro que suene, vibre o te sobresalte poniendo en riesgo tu tranquilidad.
Mientras te aferras a las sábanas y mantas suficientes para encapsularte en el calor del buen dormir de pronto el estruendoso sonido del coche que nos llevaba al colegio. La sra. Palomino y su camioneta madrugadora, juro que aún no acababa la noche, (y para mí en realiadad empezaba), la bocina escandalosa que hacía que el sueño termine en pesadilla. Continúa el amanecer con los gritos nerviosos de mi madre, a voz en cuello de jirafa: " "chicas la movilidad!!! ya llegó!! despierten, vístanse, tomen desayuno,no se olviden la agenda, yaaaa!!!! ", todo esto a una velocidad y volumen difíciles de reproducir, más aún difícil de olvidar. Mi madre en pijama a medio caer y con ojos entreabiertos (imposible abrirlos por completo, se acababa de despertar al igual que mi hermana y yo, con el sonido del coche de la Sra Palomino). Salimos medio vestidas, desorganizadas, con la mitad del desayuno en la lonchera y la otra en la boca, congeladas y dormidas aún al escuchar la suave reprimenda de la sra Palomino por tardar tanto en salir de casa.
Algunas veces incluso con el uniforme húmedo que, lavado la noche anterior no había terminado de secar.
En un acto desesperado mi madre intentaba secarlos de múltiples formas, acercándolo a los fogones innecesariamente encendidos en la cocina (para que vaya calentando), con la plancha (para ser más efectivas, aunque quedaban notablemente luminosos), o zapatillas al horno (único intento luego de lo cual quedaron deformadas como para calzar a un ser claramente no humano), finalmente alguna vez uniformes húmedos ante la amenaza de la partida de la Sra palomino, sin nosotras.
No estoy segura de a qué hora exactamente me despertaba del todo, puede que ya en el colegio luego de 70 minutos de trayecto.
Cuando yo nací mi madre tenía 20 años, yo a esa edad puedo reconocer sin verguenza alguna que no era capaz de gobernar ni siquiera mis propios caprichos.
Todas las relaciones tienen sus bemoles, sin ellos no hay relación real.
Las anécdotas más o menos felices son interminables, las buenas son ilimitadas, y mi amor por mi madre infinito.
A Rocío, que hoy esta mañana se enfadó con su madre.
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