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lunes, 7 de noviembre de 2011

RECICLAJE ATEMPORAL

Llego al trabajo, sin ganas, tarde y en taxi para no quebrar las costumbres que se han acentuado en mi con los años. Mi rutina desganada, mi depresión de noviembre o lo que quiera que sea no se ha roto esta tarde. La rutina disfrazada de rebeldía me confunde y me deja sentir que respiro con más "libertad" en este movimiento atropellado y vertiginoso que es la vida, la vida llena de obligaciones, horarios y sistemas que yo trato de saltar por adrenalina de tontorrona, más claramente: por joder.

Pienso en las ventajas imponentes del transporte público, factores ecológicos, de seguridad y económicos pero no me gusta la gente, ergo no me gusta el transporte público. No me gusta esperar, por eso llego tarde y por eso tampoco me gusta el trasporte público. No me gusta conducir desde hace algunos años porque presiento que aquella concentración necesaria me será útil en momentos más importantes, porque prefiero ir leyendo o escuchando alguna canción repetidamente y eso sólo lo puedo hacer en un taxi, donde si un indeseable taxista es muy conversador yo puedo dejar claro que mi intención es llegar a mi destino en silenciosa soledad.
Reconozco que la debilidad que me atrae a tomar taxis para movilizarme es la misma que me atrae a la anestesia de la confusión, esa que hace que sea menos infeliz al dejarme seducir por su tramposa comodidad, prefiero pensar (aunque claramente confusa), que así soy más libre.
No me gusta la gente y por eso mis amigos entienden que no los considero gente cualquiera sino gente excepcional, que los llame poco o nunca, que los visite aún menos y que no recuerde sus cumpleaños. Entienden que son únicos y yo sé por todo esto que son seres inteligentes. Por supuesto jamás pretendería tener amigos que necesiten tanta atención o cuidados constantemente. Para eso están las plantas, las mascotas y los hijos que no tengo por la mismas razones. Para eso está la adolescencia.
Mis amigos, o los pocos que yo considero amigos entienden que puedo no llamarlos, visitarlos o acordarme de sus cumpleaños, sin embargo saben más de mi que mi propia almohada, entienden las condiciones de mi presencia en sus vidas, mi constante mal humor, y tienen la lucidez de presentir que necesito que sonrían por mi la mayor parte del tiempo. Ellos saben que los quiero como cómplices de diferentes remolinos, saben que ese es el tipo de relación que más valoro. Por la lealtad incondicional y oportuna saben lo que son para mi, y realmente saben que los quiero, pero no como la mayoría de la gente espera. Por eso mis amigos son pocos y raros, pero ellos lo saben.
Son pocos y raros, por lo cual me sorprendo al ver que siendo tan pocos se encuentren en latitudes que abarcan ahora mismo tres continentes. Son pocos porque a lo largo de la línea de tiempo que recorro los voy dejando, me guardo los de oro blanco. Porque pienso que como todo en la vida es poco lo que vale la pena de verdad, lo demás suele ser trivial, aunque sea disfrutable también. Son raros de por sí, por ser amigos míos y en esas condiciones, y aún así no generan ningún sufrimiento, sólo libertad relajada de compartir lo que cada uno quiera, que suele ser mucho y valioso.
Llego al trabajo con la intención de no trabajar si es posible y depurar una de mis cuentas de correo electrónico. Con la esperanza de borrarlos definitivamente encuentro unos emails antiguos, pasados de moda y fuera de tiempo. Son de un hombre de cincuenta y varios años, un hombre que conocí en un trabajo al que no volvería. Tuvimos una relación profesional que rompió el día que me pidió respetuosamente una dirección de correo electrónico para enviarme unos informes, me los envió e inmediatamente después me envió unas fotos que eran por lo menos inquietantes, ya que eran mías. Inicialmente fueron unas triviales fotos de grupo en el trabajo que él luego manipuló con herramientas informáticas simples recortándome, ampliándome y elogiándome con respeto pero más fuera de lugar que ningún email que haya recibido en mi vida. No me gusta la gente, menos aún los viejos verdes. Nunca le respondí. Tampoco entendí sus extraños sentimientos nacidos de imágenes fortuitas y encuentros superficiales y escasos. No le volví a hablar en las pocas ocasiones que lo encontré por los pasillos. La gente fuera del lugar también está fuera de mi campo visual o así lo prefiero. No me gusta la gente, pero las trincheras retorcidas de sus mentes me interesan, más aún cuando no entiendo algo.
Cuando viajo o alguien viaja me emocionan desproporcionadamente los souvenirs. No entiendo los emails de este hombre repelente pero sé lo que son para mi: un souvenir de una mente febril y desatinada.
Aún no borro los emails.

6 comentarios:

  1. Hola Sandra,
    He buscado en los cuadros para marcar de las reacciones el correspondiente a "inquietante" y como no está me permito indicarte que si lo tuvieras seguro que se llevaría unos cuantos clicks. El texto es muy crudo y transversal, navega en la indefinición y anida en el otoño.
    Gracias por compartirlo.
    Saludos

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  2. Muy bonito texto, interesante tu historia,
    y el titulo es intrigante...FELICITACIONES POR EL BLOG..
    te paso este blog:
    http://autoficcionreal.blogspot.com/

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  3. Gracias, me paso por tu blog en unos minutos. Saludos!

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  4. Ahora ya comprendo por que te veo tan desganada en el trabajo ....

    Tu jefe ;)

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