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martes, 19 de julio de 2011

Gracias Mamá.

1990- 6:20am.

Lima, clásicamente gris e invernal. La niebla baña las calles invadiendo cada proyecto visual, y sigue así, convirtiendo una mañana cualquiera en una desalentadora propuesta de tener que levantarse de la cama. Una de las mejores cosas de que el cielo de Lima sea gris consiste en lo bien que nos cae a los noctámbulos el tener poca luz por las mañanas. Evitando ese ánimo enérgico mañanero con el que muchas personas despiertan en el mundo. Yo no. Yo nunca. Por mi que el sol se quede dormido y todos con él, es una crueldad levantarse con el ruido del despertador del móvil o cualquier otro artefacto siniestro que suene, vibre o te sobresalte poniendo en riesgo tu tranquilidad.

Mientras te aferras a las sábanas y mantas suficientes para encapsularte en el calor del buen dormir de pronto el estruendoso sonido del coche que nos llevaba al colegio. La sra. Palomino y su camioneta madrugadora, juro que aún no acababa la noche, (y para mí en realiadad empezaba), la bocina escandalosa que hacía que el sueño termine en pesadilla. Continúa el amanecer con los gritos nerviosos de mi madre, a voz en cuello de jirafa: " "chicas la movilidad!!! ya llegó!! despierten, vístanse, tomen desayuno,no se olviden la agenda, yaaaa!!!! ", todo esto a una velocidad y volumen difíciles de reproducir, más aún difícil de olvidar. Mi madre en pijama a medio caer y con ojos entreabiertos (imposible abrirlos por completo, se acababa de despertar al igual que mi hermana y yo, con el sonido del coche de la Sra Palomino). Salimos medio vestidas, desorganizadas, con la mitad del desayuno en la lonchera y la otra en la boca, congeladas y dormidas aún al escuchar la suave reprimenda de la sra Palomino por tardar tanto en salir de casa.
Algunas veces incluso con el uniforme húmedo que, lavado la noche anterior no había terminado de secar.
En un acto desesperado mi madre intentaba secarlos de múltiples formas, acercándolo a los fogones innecesariamente encendidos en la cocina (para que vaya calentando), con la plancha (para ser más efectivas, aunque quedaban notablemente luminosos), o zapatillas al horno (único intento luego de lo cual quedaron deformadas como para calzar a un ser claramente no humano), finalmente alguna vez uniformes húmedos ante la amenaza de la partida de la Sra palomino, sin nosotras.

No estoy segura de a qué hora exactamente me despertaba del todo, puede que ya en el colegio luego de 70 minutos de trayecto.

Cuando yo nací mi madre tenía 20 años, yo a esa edad puedo reconocer sin verguenza alguna que no era capaz de gobernar ni siquiera mis propios caprichos.
Todas las relaciones tienen sus bemoles, sin ellos no hay relación real.
Las anécdotas más o menos felices son interminables, las buenas son ilimitadas, y mi amor por mi madre infinito.



A Rocío, que hoy esta mañana se enfadó con su madre.