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martes, 26 de julio de 2011

El patio empedrado.

Belgrado- Serbia.
2009, invierno.

Me despierta el viento frío en la cara.  Raramente seco, en el patio de casa. Creo que me dormí mientras pensaba en arreglar la ventana.  Es una bisagra que perdió algún tornillo y ahora tambalea con el viento. Estoy cansado, hace tiempo ya, pero mantengo la costumbre de arreglar los pequeños desperfectos que la casa va presentando. Hemos envejecido juntos, afrontamos el paso del tiempo y su desgaste natural con mis manos artríticas de 86 años. Sé que lo puedo hacer, lento pero cariñosamente resano las paredes, cubro las grietas  y aseguro alguna viga. La pintura aguanta, aguanta un poco más aún.
Me siento en el banco de metal oxidado y corroído, sé que nada puede con él. El es más fuerte que yo. Lo supe desde aquel abril del 41, luego del bombardeo. Aquel día sólo el banco resistió. Yo lo perdí todo, todo lo que un hombre puede perder, y así pudo conmigo también, pero el banco resistió. Mi familia se … no, no lograron salir, yo no pude hacer nada y los pocos recuerdos que tengo de aquel día se tiñen de rojo, atropellan mis pensamientos con estruendos y explosiones, polvo gris, gritos  y charcos de vida derramada.  Aquí en este banco sobreviviente me sentaba con ella, a ver el atardecer.  Con una taza de té en invierno, nos gustaba que la lluvia nos repliegue a casa, así supiéramos que llovería nos quedábamos juntos desafiando el mal tiempo, charlando, ella me hacía reír mucho, mucho más de lo que yo acostumbro.  Me gustaba ver sus ojos abiertos no del todo por los rayos de luz atacando sus pupilas. Tuvo una mirada inteligente siempre, más aún cuando se perdía en el empedrado patio gris, sentada en el banco, a mi lado.
Veo las dos casas vecinas, también con techo a dos aguas. Blanco roto o blanco gris, siempre tuvimos esa discusión tonta. Mi casa es de una sola planta, las ventanas de madera, amplias de marco blanco, iluminan el salón principal. La puerta es una ventana que creció y nos da paso, siempre acompañada de un pequeño farol de luz amarillenta, como la que no recomiendan.
A mi me sigue pareciendo romántico sentarme en el banco que ha sobrevivido. A  perder la mirada en el suelo de piedra, piedras que coloqué una a una después de los 50, otra vez, cuando me propuse que tuviera el mismo aspecto, como a ella le hubiera gustado.
Las palomas no pierden el tiempo y juguetean entre las migas que les dejo y los charcos de lluvia, son escurridizas pero han aprendido a no temer a este viejo observador. Esta vez se mueven menos, como si yo no estuviera viéndolas, no sé la hora, pero ha anochecido y el viento es extrañamente seco. Las palomas ni se inmutan. Un momento... me embriaga la emoción de volverte a ver, he notado esta tarde que el banco ha sobrevivido a mí, que la bisagra quedará inestable. Acabo de morir.

jueves, 21 de julio de 2011

Silencio.

Luis, 21 años- El barrio del Pilar, al norte de Madrid.

Elevados edificios cantan forzosa modernidad, calles caprichosas e indignadas se resginan a ser atravesadas por alguna autopista de gran velocidad. Caminantes con miradas fijas, mp3-4-5, laptop, blackberry, tablet, ebook, ipod, iphone, ipad... ay!!!. Todos conectados, contradictoriamente nadie conecta con nadie que no se encuentre a su vez sumergido en algún avance tecnológico portátil. Bien, así andamos, nos guste más o menos.

Luis camina entre las habitaciones del piso de 80 metros cuadrados en donde vive aún con sus padres. Padres que no están. Padres que trabajan automatizados por el mundo de las hipotecas, las cuentas, y el sistema en el que se han acoplado sin preguntarse por otra forma de vida. (como hacemos la mayoría).
Luis es tecnófobo, mal poco común a su edad y en estos tiempos. Camina sin descanso por los 80 metros cuadrados sin soltar el sobre de los análisis que recogió en la consulta del médico esta mañana. Ha pensado innumerables veces a quién y cómo contar el giro inesperado que su vida (ahora pronosticada como corta), ha dado esta mañana. Luis es un chico intuitivo, pero esto lo ha tomado por sorpresa, nadie imagina un desenlace de vida con 21 años y con el curso que el médico, delicadamente, le explicó aquella mañana.

No se conecta a facebook, twitter, tuenti, Hi5, hotmail ni xmail alguno. Es tecnófobo. Prefiere mirar a los ojos y escuchar la voz de sus interlocutores, olerlos levemente, percibir su lenguaje corporal y se ha revelado contra la revolución tecnológica. Es un derecho que no le pueden quitar. La vida sin embargo, ha dejado de ser un derecho para él. El teléfono de casa no funciona. Así que sale decidido a tocar la puerta de algún compañero de clase, amigo entrañable o lo más parecido a una persona de confianza. Pierde la esperanza de lograr hablar con alguien en la cuarta llamada a las puertas, sin respuesta. Se desepera, pero no llora. Agobiado por las ideas toma la desición que hasta el momento le parece la más importante de su vida. Morirá rápida y silenciosamente, apartado, sin decirle a nadie nada, sin hacer parte de su drama a ningún ser. Decide que es el mejor regalo que puede hacerle a los que quiere, a los que respeta, a los que sufrirían con él, sin que eso cambie el final. Antes sin embargo, dejará una huella en el mundo, compartirá con el primer extraño que le inspire algo de confianza su secreto. Mientras tanto desde un elevado paso peatonal intenta seguir la trayectoria de los coches que bajo sus pies llegan tarde... quién sabe a dónde porque todos van muy de prisa. Le parece más divertido desde los puentes o pasos elevados pisarlos como cucarachas, calculando el momento en el que pasan por debajo de sus pies y hace el gesto de aplastarlos sin piedad, pero el vértigo que sufre, una cosa nueva que añadir, le arrebata la breve satisfacción en pocos segundos.

Dispuesto y muy decidido toma un bus de largo recorrido, no saluda al conductor. Es verano y los buses están congelados de aire acondiconado, congelado como él se imagina en poco tiempo, avanza buscando un rostro, una mirada, un perfume discreto que asome algo de calor, de humanidad. Rápidamente nota que no compartirá con nadie su secreto.
En los buses, metros, trenes y demás medios de transporte público los seres humanos solemos buscar el asiento sin compañero/a al lado. Buscamos soledad, mirar por la ventanilla o mirar al resto pero no al lado de nadie desconocido, no hacemos amigos frecuentemente en los buses. Nos escondemos, agazapados en nuestros pensamientos y mejor que no nos interrumpan.

El ser humano, una especie autodestructiva, impía, y contradictoria del reino animal se describe como social. Sí, el ser humano es social por naturaleza, pero que solos estamos.

martes, 3 de mayo de 2011

No hay nada que celebrar.

No hay nada que celebrar.

Osama en el mar, ajá... pienso en las razones (no religiosas) para ocultar un cuerpo tan buscado: no es mostrable (por etc.. de cosas) o no hay cuerpo. (¿Escondido-farol?)
El "presidente del mundo" (Barack Obama) decide invade, actúa y luego nos da explicaciones para tontos, no nos subestime señor, un poco de respeto.

Acusarme de pesimista sería justo, pero no dejo de preguntarme:
¿Qué celebran en EEUU? algo que no está probado y que tal vez (no lo deseo ni en mi peor pesadilla) podría traer consecuencias sangrientas.

Algo más que el cuerpo de nos esconde este señor.
Por mi parte sólo desear que no se descubra lo oculto con más desgracias y violencia (represalias), porque siempre termina pagando el pueblo inocente de alguna nación.
No hay nada que celebrar.